Alocución Radial- de Monseñor Dionisio García Ibáñez  obispo de Bayamo-Manzanillo Domingo de Ramos

 

9 de abril 2006

¡En la Cruz murió el hombre un día, hay que aprender a morir en la cruz todos los días con Jesús! (Canto)

¡Te adoramos, Cristo, y te bendecimos, porque por tu Santa Pasión y Muerte en la Cruz redimiste al mundo!

Queridos hermanos y hermanas: Hoy, domingo de Ramos, comienza la Semana Santa. La más importante para los cristianos pues en ella recordamos la Pasión, Muerte y Resurrección Gloriosa de Jesucristo, por medio de la cual Él nos alcanzó la Salvación.

Hace casi 2000 años ocurrió un hecho trágico y a la vez grandioso, que ha marcado la historia de la humanidad, podemos decir que es el acontecimiento más comentado y discutido a través del tiempo, todavía hoy tiene actualidad y vigencia: en Judea, en la ciudad de Jerusalén, murió un hombre que había nacido de la Virgen María, por obra del Espíritu Santo. De Él dice la Biblia que era “Dios con nosotros”. Pasó por la vida haciendo el bien, curando a los enfermos, dando esperanza a los pobres y a los oprimidos, sanando los corazones afligidos, perdonando los pecados; predicó el Reino de Dios que es un Reino de justicia, de paz, de perdón y de misericordia. Les dijo a los soberbios y a los poderosos de este mundo, que de ellos no era el Reino de los Cielos.

Nos enseño que no hemos venido al mundo por casualidad, que cada ser humano, yo, Uds., todos los que me están escuchando, todas las personas, hemos recibido la vida como un regalo de Dios que, además de Creador, es Padre y ama a todos por igual, hombres y mujeres, de la ciudad y del campo, jóvenes y viejos, blancos y negros, sabios o ignorantes, sanos o enfermos. Todos somos iguales ante Dios. Para Él no existen distinciones de personas. Las diferencias entre las personas y las discriminaciones desgraciadamente, las hacemos nosotros.

Nos enseñó que Dios desea para los hombres la felicidad y la vida eterna y, para que podamos alcanzar este deseo, nos dijo que el camino seguro es cumplir los mandamientos de la ley de Dios, que nos guiáramos por ellos. Conviviendo en buena voluntad, respetando la dignidad de cada persona, trabajando por la justicia, nunca haciendo el mal sino procurando hacer el bien.

Resumió los mandamientos diciendo: “Ama a Dios por sobre todas las cosas” Esto nos lleva a desear a Dios como el mayor Bien a alcanzar. La fe cristiana y la experiencia nos hacen reconocer lo limitados que somos para encontrar la verdad y realizar siempre el bien sin la ayuda de Dios, ¿Cuántas veces nos hemos equivocado en la vida? pero no nos desanimemos, hoy mismo podemos rectificar, pues en Jesucristo, Dios ha venido a nuestro encuentro, Él es el camino, la verdad y la vida.

Después añadió un segundo mandamiento cuando nos dice “trata a las demás personas como tu quisieras que te trataran”. Este último mandato es “la regla de oro” de la convivencia humana, está presente, de una manera u otra, en las grandes religiones y es una ley de justicia para todo hombre de buena voluntad. Jesús la convirtió en una norma de alcance universal:

  • Honra a tu padre y a tu madre. Cuídalos cuando sean ancianos. Cuida de tu familia, de tus hijos.

  • No robes.

  • No mientas ni engañes.

  • Actúa con pureza y bondad de corazón, se fiel a tu palabra y a tu familia, no traiciones ni utilices a los que confían en ti.

  • No envidies.

  • No mates ni hagas daño a nadie ni de palabra ni de obra.

  • No codicies los bienes ajenos ni desees el mal a los demás.

¡Que maravilla, si todos cumpliéramos los mandamientos! Si todas las familias se los enseñaran a sus hijos el mundo, la sociedad, el barrio, la familia, cada uno de nosotros sería más feliz.

Pero, desgraciadamente, no hemos hecho el bien que nos lleva a la felicidad, sino que muchas veces el mal ha dominado nuestro corazón, nos hemos dejado arrastrar por él, apartándonos de la ley de Dios. Lo más triste es que no nos gusta reconocer el mal que hacemos. Jesús nos hace examinar con claridad y sinceridad nuestros actos: le hemos hecho daño a los demás, nos dejamos llevar por nuestros deseos y caprichos y no por lo que es justo y bueno y así causamos mal, hacemos daño a los que nos rodean, dividimos la familia, causamos sufrimientos a otras personas. Muchas veces pensamos sólo en resolver nuestros problemas, sin mirar a quien aplastamos por alcanzar lo que queremos, abusamos o no tenemos en cuenta a los que son más débiles y pobres que nosotros, otras veces pasamos indiferentes ante el sufrimiento de los demás por no complicarnos la vida.

A estas acciones se le llama pecado y el pecado es una ofensa contra los hombres y contra Dios que afecta a todos. Jesús sabía que los hombres necesitaban y necesitamos ser conducidos de nuevo al bien, ser perdonados por Dios para limpiar el mal que se ha hecho y que hacemos. A esto vino Jesús de Nazaret, a enseñarnos como distinguir entre el bien y el mal, para abrirnos los ojos y que podamos descubrir la verdad.

Por predicar y hacer el bien lo condenaron a muerte injustamente y cargando con nuestras culpas se ofreció por nosotros, para con su sangre lavar nuestros pecados y así reconciliarnos con Dios. Isaías nos dice: “Fue tratado como culpable a causa de nuestras rebeldías y aplastado por nuestros pecados. Él soportó el castigo que nos trae la paz y por sus llagas hemos sido salvados”.

Jesús no guardó rencor ni odio, pues sabía que la violencia engendra más violencia, murió perdonando a los que lo maltrataban diciendo: “Padre perdónalos porque no saben lo que hacen”. Al final dijo: “Todo está cumplido, en tus manos encomiendo mi espíritu”, e inclinando la cabeza, expiró.

Desde ese momento la cruz, que era un signo despreciado por cruel, se ha convirtió en signo de salvación, expresión de la misericordia de Dios. Es el signo que identifica a los cristianos: nuestros cementerios están sembrados de cruces que significan que deseamos que nuestros difuntos descansen eternamente junto a Dios. Está presente en las torres de nuestras iglesias, en los Rosarios, la llevamos al pecho queriendo que Dios nos proteja, hacemos la señal de la cruz al comenzar y terminar el día, en las oraciones, en momentos de angustia y alegría diciendo: En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

Por eso, esta es una semana es de oración, de recogimiento y de meditación, de buscar un tiempo para leer en los evangelios los relatos de la Pasión de Jesús, de unirnos a la comunidad de fieles para orar juntos; es además, si queremos seguir a Jesús, un día de reconciliación con los que estamos enemistados, de perdonar de corazón las ofensas que nos han hecho y, a la vez, de hacer un examen de conciencia y preguntarnos si hemos hecho algún mal a otro y, además de tener el valor de pedir perdón, de reparar el mal que hemos hecho y, sobre todo, de ser fiel a Jesucristo comprometiéndonos a seguirle.

Pero, por que sabemos que Dios quiere la salvación del hombre, la muerte y el pecado no vencieron. Ese no es el final de la historia. El mal no venció. Los Evangelios nos narran que al tercer día Jesús resucitó de entre los muertos. Cristo, nuestro Salvador, ha vencido al pecado y a la muerte. Él nos ha alcanzado la vida eterna. Para celebrar estos acontecimientos les invito, hermanos, a unirse a la comunidad cristiana en Iglesias y casas de oración, a recordar en esta semana, sobre todo el Jueves y el Viernes Santo, la Pasión dolorosa de Jesús contemplando la Cruz donde Cristo nos alcanzó la Vida y, también a celebrar, con júbilo y alegría su Gloriosa Resurrección el próximo domingo, último día de la Semana Santa, aclamando junto a todos los creyentes, llenos de fe y esperanza:

“ Este es el día en que actuó el Señor, sea nuestra alegría y nuestro gozo” ¡Cristo ha resucitado!.

Les bendice a Uds., sus familiares y amigos.

Mons. Dionisio García Ibáñez, Obispo de Bayamo-Manzanillo.

“En el nombre del Padre, del Hijo y del espíritu Santo. Amén