Reflexiones sobre… ¿un fracaso?

Manuel  Martínez Hernández
Holguín, Cuba

Cada Semana Santa, celebra la Iglesia y en ella todos los fieles cristianos, los hechos que nos rememoran, la Vida, Pasión, Muerte y Resurrección de nuestro Señor Jesucristo.

Los fieles cristianos, que queremos hacer santas, todas las semanas ,no debíamos perder estos momentos tan ricos en gracias y enseñanzas evangélicas, sin dejar de orar y reflexionar, sobre el significado y lo que representa este hecho salvífíco, esta Nueva Alianza, que el Señor sella con su pueblo y esta oblación generosa de Amor, por toda la Humanidad.

¿Fracasa Jesús? Algunos hacen esta valoración partiendo de estrechos parámetros utilitarios y es que: ¿Cabe aquí el concepto del “impacto social que se logra”? ¿Hay alguna primacía económica o financiera en este gesto? ¿Es rentable la calidad del Amor y la Caridad derrochados por Amor a nosotros?

No deben ir por ahí las interrogantes. Los términos son populares y se quieren aplicar a casi todas las manifestaciones humanas…

Cuando se trata de hacer una “valoración” del Plan de Salvación que Jesús predicó y vivió, con raseros y medidas, tan escuálidas, no hay otra respuesta que: fracaso.

Porque si analizamos con nuestra “fría y calculadora lógica”, contra Él, se ensañan en un momento dado, todos los grupos sociales, políticos y religiosos de su tiempo.

Entre ellos, los sacerdotes, por las críticas de Jesús, al ritualismo de la Ley y su observación “legalista”, así como a su alianza con el poder. Cuando denuncia y enfrenta la hipocresía, se vuelven contra Él, los escribas y los fariseos, los doctores de la Ley; los más ricos, se quejan de su preferencia por los pobres, los desventurados, los perseguidos; encuentran mal que coma con pecadores, que se relacione con prostitutas, que se reúna con los parias, los olvidados, los discriminados,  los recaudadores de  impuestos que les diga: “Felices los que son perseguidos por causa del bien, porque de ellos es el Reino de los Cielos” Mt 5-10.

Los judíos lo acusan de blasfemo. Si no usa la fuerza o la predica, para expulsar a las “fuerzas de ocupación” de Palestina, los romanos, los grupos de los zelotas y los más radicales, lo condenan. Vive en Palestina, colonia romana, ocupada por los ejércitos imperiales apoyados en “colaboradores” nacionales.   

Todos los que lo rodean y siguen  pescadores, labriegos, artesanos con excepciones son hombres y mujeres humildes, gente sencilla, sin estudios sobresalientes que los distingan, solo los propios y escasísimos de su tiempo. Él mismo es carpintero. Hijo de carpintero. Preso por sus ideas. Perseguido por ellas. Condenado a muerte, por ser consecuente con esas ideas. Su lenguaje es desconcertante a su tiempo, habla de amor, de paz, de justicia, de libertad, de igualdad, de renuncia, de generosidad, de solidaridad, de vida eterna. Muchos no entienden.

La consecuencia es predecible, Jesús entrega su vida al Padre, por la salvación de  los hombres y mujeres, por la Humanidad, y al final en la cruz es abandonado.

Solo María, su madre. Juan, el discípulo amado, y alguna que otra mujer, lo acompañan, en esos, sus últimos momentos de presencia física, hasta después de la Resurrección.

Aquellos por los que murió estaban ausentes.

Panorama más desolador, para los que confían en la eficacia de cada gesto y su utilidad ganancial o en la prepotencia del poder y la fuerza. No podían existir, no podían encontrar, en verdad, panorama más desconsolador. Y es así porque es otro paradigma, son otros valores, Se requiere un cambio de mentalidad para entender, se requiere de una conversión. ¡Hoy sigue siendo muy parecido por no decir igual!. Qué gran paradoja, todavía hace falta el cambio, en el pensar, en el sentir, en el actuar, en la conversión.

Otra gran paradoja: ¡Qué contraste con el Domingo de Ramos! Que aleccionador para los que confían en los volubles y efímeros aplausos de las masas arrebatadas por el entusiasmo.

Incidentalmente, preguntaremos, tratando de ser sinceros, ¿cuántos  hubiéramos corrido al Gólgota, a arrostrar con Jesús sus riesgos, a ser solidarios en su entrega? ¿Cuántos les hubiéramos dicho a María, a Juan y a las otras mujeres, ¡aquí estoy ábranme un espacio junto a ustedes!                        

En esta “cola” si así se quiere ver, no había que preguntar quién era el último, ¡todos eran el 1” No había discusión en este privilegio, tan poco solicitado, de estar a los pies de un condenado.

A pesar del panorama, Jesús no abandona su Misión, llegó hasta el final. A pesar de las tentaciones y dudas: ¡Aparta de mí este cáliz! Llegó hasta él: “¡Consumatus EST!”  

No abandona la Misión y es coherente en su vida. Sabe que la gracia de la redención es infinita, como infinita es la misericordia y la fe, que brotan en la cruz, que se nos presenta como “puente” entre Dios y los hombres, entre el futuro redentor que se abre y nos enseña, entre las angustias y desesperanzas del presente, y de un pasado que da sentido o nos frena.

Veamos hoy, cerca de nosotros este pensar y actuar en palabras del siempre recordado Mons. Adolfo:):

“Nuestros cristianos optaron desde el primer momento por el diálogo, cuando el diálogo todavía no era más que una nostalgia; optaron por la apertura, cuando las puertas parecían estar cerradas y las cortinas bajadas; optaron por la Evangelización, cuando en nuestra pastoral, no íbamos más allá del llamado “testimonio silencioso”; optaron por la encarnación, cuando se decía que la religión no podía formar ciudadanos buenos, porque su carácter sobrenatural los hacía sospechosos, en asuntos de carácter natural.

Por tanto, ningún acontecimiento anterior al ENEC, tuvo que cambiar precipitadamente el giro de las opciones originales de los católicos cubanos, como ningún acontecimiento posterior al ENEC, sea adverso, sea favorable, debiera cambiar esta voluntad unánime y esta intuición evangélica de los católicos cubanos, que dijeran: sí a la apertura, que abra espacios nuevos al Evangelio; sí al diálogo, que sea sincero y realista, hacia fuera y hacia dentro; sí a la encarnación, que sea algo más que un dogma abstracto; sí a la evangelización…como también sí al respeto irrestricto a la propia identidad cristiana. Si nada hubiera sucedido en el camino del ENEC, aquel ENEC hubiera sucedido exactamente igual a este ENEC.

Cualquier signo posterior o anterior, no haría más que reformular lo ya formulado, reexplicitar lo ya explicitado (Discurso inaugural del ENEC pronunciado por Mons. Adolfo Rodríguez. Arzobispo de Camaguey y en aquel momento Presidente de la COCC)

Esto es, no llorar en un funeral, es cantar a la Resurrección. Resurrección de Cristo y con Él de la Esperanza.

Esperanza vivificadora, como la que acompaña al pueblo judío durante 40 años de éxodo en el camino de su liberación, hacía la Tierra Prometida.

Esperanza de los discípulos de Emaús.

Esperanza como la de María.

Como la que hizo nacer en tantos hombres y mujeres ayer y hoy.

Esperanza que no es alienación o descompromiso con la realidad en que se vive, que no es identificación exclusiva o absoluta con una determinada orientación o tendencia política.

Esperanza que no es paralizante y todo lo contrario,  empuja e impulsa, a abrir los brazos, en el abrazo fraternal de la Paz y abrirlos para orar a Dios.

… Y esa Esperanza la podemos descubrir en la vida de  hombres y mujeres que viven el Evangelio con sencillez y humildad, con gestos de entrega y desinterés; también la podemos descubrir, en otros capaces de perdonar y creer en la Reconciliación (que no es arreglo entre políticos) y también porque no, en quienes   lo dan todo, hasta la vida misma y no han tenido la dicha de haber conocido el Evangelio, pero lo expresan en gestos y actitudes, con su vida misma, ofreciéndola generosamente.

Esa Esperanza hay que buscarla, aunque parezca una contradicción, en las risas y la alegría, pero también en las lágrimas y el dolor. En los fracasos. En las ilusiones que la dura realidad tritura.

Solo así será VIVA la Resurrección y habremos entendido y  acercado ¡en algo!, al Misterio del mensaje que ella encierra.

Solo así seríamos capaces de vivir y morir, con un testimonio de vida, cuyo primer contraste, sea poner en evidencia, lo que es indebido.

Pues solo así  seremos opción y alternativa, cuando, como Cristo, consumamos la Misión, sigamos el camino del que nos dijo: “no teman yo estaré con ustedes hasta la consumación de los siglos”.