QUERIDOS SACERDOTES, DIACONOS,
RELIGIOSOS, RELIGIOSAS, LAICOS CATOLICOS Y CUBANOS TODOS:
Comenzamos nuestro mensaje invocando a
la Patrona de Cuba. No por casualidad lo dirigimos a
ustedes en el día en que todo el pueblo cubano se alegra,
lleno de amor y de esperanza, celebrando la fiesta de la
que con tanto afecto filial llamamos: Virgen del Cobre,
Madre de los cubanos, Virgen de la Caridad.
En esta fecha hacemos llegar este
mensaje a todos nuestros hermanos cubanos, pues a lo
largo de casi cuatro siglos los cubanos nos hemos
encontrado siempre juntos, sin distinción de razas,
clases u opiniones, en un mismo camino: el camino que
lleva a El Cobre, donde la amada Virgencita, siempre la
misma aunque nosotros hayamos dejado de ser los mismos,
nos espera para acoger, bendecir y unir a todos los
hijos de Cuba bajo su manto de madre. A sus pies
llegamos sabiendo que nadie sale de su lado igual a como
llegó. Allí se olvidan los agravios, se derrumban las
divisiones artificiales que levantamos con nuestras
propias manos, se perdonan las culpas, se estrechan los
corazones.
JESUCRISTO Y LA VIRGEN MARIA EN LA
CULTURA DEL PUEBLO CUBANO
Al empezar queremos recordar aquellas
palabras que San José escuchó del ángel: "No temas
recibir a María en tu casa" (Mt. 1,20), y también
aquellas otras palabras claves que pronunció la misma
María refiriéndose a su Hijo: "Hagan lo que El les diga"
(Jn. 2,5). Si sabemos acoger a María, ella nos llevará
hasta Jesús.
A los obispos cubanos nos parece
providencial que los dos signos religiosos más populares
de nuestro pueblo sean la devoción a la Virgen de la
Caridad y la devoción al Sagrado Corazón de Jesús, es
decir, Jesucristo definido para los cubanos por el
corazón, símbolo del amor, y María definida por su
título de la Virgen de la Caridad que es lo mismo que
decir Virgen del Amor. En efecto, ¿quién no recuerda en
Cuba aquel tradicional y popular cuadro del Sagrado
Corazón o aquella estampa de la Virgen de la Caridad
presidiendo en la sala la vida de la familia cubana?.
Esto es un signo de nuestra cultura, una cultura marcada
por el corazón hecho para el amor, la amistad, la
caridad, que ha generado un cubano proverbialmente
conocido en todo el mundo por su carácter amistoso,
afable, poco rencoroso o vengativo, que antes se
saludaba muy sinceramente con la nota simpática de este
vocativo: ¡mi familia!. La familia: el lugar de la
fiesta, de la confianza, de la reconciliación, del amor,
donde todo el mundo se siente bien, se desarma y baja
sin miedo la guardia, porque el hogar es el puerto
seguro donde se calman todas las tempestades. Así, como
una gran familia, ha sido siempre nuestro pueblo.
Al amor de Jesús y al amor de María
debe la gran familia cubana muchas cosas bellas y
buenas. Pensar en el Corazón de Jesús, creer en El, es
rendir culto al amor. Confiar, esperar en la Virgen de
la Caridad es confiar y esperar en el amor.
Por tanto, con San Pablo "pedimos de
rodillas ante el Padre, de quien toda familia toma su
nombre... que nos conceda, según la riqueza de su
gloria, ser poderosamente fortalecidos en nuestro
interior por la fuerza del Espíritu Santo para que
Cristo habite mediante la fe en nuestro corazón, a fin
de que el amor sea la raíz y el fundamento de la vida y
seamos capaces de comprender, con todo el pueblo de
Dios, cuál es la anchura y la largura, cuál es la altura
y la profundidad del amor de Cristo que sobrepasa todo
conocimiento humano" (Ef. 3, 14-20).
"AMARAS A DIOS CON TODO TU CORAZON"
(Mt. 22,37)
Amar es la única manera que tiene Dios
de ser. Y ese gran amor que Dios nos tiene a todos
reclama, como respuesta, nuestro amor a El. El amor a
Dios en el cristiano se entiende así como la respuesta
de un corazón agradecido que no cesa de alabar a Dios
con una gratitud sin límites. Amamos a Dios porque "El
nos amó primero" (I Jn. 4,19), porque "solo El es bueno"
(Lc. 18,19), y este amor a Dios debe fundar las
exigencias del amor en muchas direcciones, desde el amor
al amigo, que es el amor más fácil, hasta el amor al
enemigo, que es el amor más difícil.
"Aménse unos a otros" (Jn. 13,34).
Dios nos manda amar y este es un mandamiento muy
exigente porque, casi siempre, lo contrario nos resulta
más accesible. Sin embargo, sólo en el amor podemos
encontrar a Dios y encontrarnos, a la vez, a nosotros
mismos y a los demás hombres.
"AMARAS A TU PROJIMO COMO A TI
MISMO" (Mt. 22,39)
La razón de la relación estrecha que
aparece en todo el Evangelio entre el amor a Dios y el
amor al prójimo, está plasmada en dos mandamientos
distintos, que Jesús declara iguales: "Amarás al Señor
tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda
tu mente, éste es el mandamiento más importante y el
primero de todos; pero hay un segundo mandamiento igual
que éste: amarás a tu prójimo como a ti mismo. En estos
dos mandamientos se resume toda la ley y los profetas"
(Mt. 22,37-40). "Este mandamiento de El tenemos: que
quien ama a Dios ame también a su prójimo" (I Jn. 4,21).
"Si alguno dice que ama a Dios pero odia a su prójimo es
mentiroso" (I Jn. 4,20). Es decir, el amor a Dios se
verifica en nosotros por el amor al prójimo. Este amor
cristiano no se reduce sólo a actos, sino que implica
una actitud fundamental ante la vida. Es muy
significativo que el querer de Dios en el primer día de
la creación haya sido éste: "No es bueno que el hombre
esté solo" (Gén. 2,18), y que la pregunta de Dios al
hombre recién creado haya sido ésta: "¿Dónde está tu
hermano?" (Gén. 4,9), con lo cual el Señor funda la
sociedad doméstica y toda la sociedad humana sobre una
relación de amor y establece que dicha relación es
anterior a toda otra, sea económica, política o
ideológica. Por eso San Pablo nos dice que si
trasladamos montañas, si lo sabemos todo, si lo damos
todo a los pobres, pero no tenemos amor, de nada nos
sirve (I Cor. 13).
La columna, pues, que sostiene firme
el desarrollo de la familia y de la sociedad es el amor.
Una sociedad más justa, más humana, más próspera, no se
construye solamente trasladando montañas o repartiendo
equitativamente los bienes materiales, porque entonces
aquellas personas que reciben una misma cuota de
alimentos serían los más fraternos y la experiencia nos
confirma, lamentablemente, que a veces no es así. Los
problemas del hambre, la guerra, el desempleo, son
grandes en el mundo, pero la falta de amor fraterno, y
más aún el egoísmo y el odio, son más graves y, en el
fondo, la causa de los demás problemas. Porque el hombre
necesita del pan para vivir, pero "no sólo de pan vive
el hombre" (Lc. 4,4).
Cuando pensamos en el amor nos viene
casi siempre a la mente el amor de una persona a otra,
pero la palabra que usa mucho la Sagrada Escritura para
expresar el amor es "ágape", que significa fraternidad,
comunión, solidaridad con una multitud de hermanos. La
fraternidad entendida sólo dentro de un grupo selecto es
una forma extraña de egoísmo, es la manera de unirnos
más para separarnos mejor. Por lo tanto, nosotros
cristianos, no podemos aceptar las situaciones de
enemistad como algo definitivo, porque toda enemistad
puede evolucionar hacia una situación de amistad si
dejamos que triunfe el amor.
LA JUSTICIA Y LA CARIDAD
En la historia de los pueblos no han
faltado voces que han lanzado el grito de: "¡Caridad,
no; justicia!". Pero Jesús dijo: "si la justicia de
ustedes no es mayor que la de los escribas y fariseos,
no entrarán en el reino de los cielos" (Mt. 5,20), y nos
advirtió que si no tenemos misericordia nos espera un
juicio sin misericordia (Mt. 5,7). San Pablo nos
recuerda que "si reparto todo lo que tengo a los pobres,
pero no tengo amor, soy sólo una campana que repica" (I
Cor. 13,1).
La lucha por la justicia no es una
lucha ante la cual uno pueda quedarse neutral, porque
esto equivaldría a ponerse a favor de la injusticia y
Jesús, refiriéndose al hombre que quiere cumplir la
voluntad de Dios, declaró bienaventurados a los que
"tienen hambre y sed de justicia" (Mt. 5,6) y a "los que
son perseguidos por procurar la justicia" (Mt. 5,10).
Pero donde termina la justicia empieza la caridad o,
mejor aún, la caridad precede e integra la justicia,
porque la justicia queda incompleta sin el amor. A nadie
le gusta sentirse tratado sólo con justicia y, ante una
justicia sin amor, que puede ser la del "ojo por ojo y
diente por diente" (Mt. 5,38), es posible que el hombre
experimente aún una mayor opresión. La justicia corta en
seco, el amor crea; la justicia ve con los ojos, el amor
sabe ver también con el corazón; la justicia puede estar
vacía de amor, pero el amor no puede estar vacío de
justicia, porque un fruto del amor es la paz y "la
justicia y la paz se besan" (Sal. 85,11).
EL AMOR VENCE AL ODIO
Cualquier llamado al amor debe
encontrar siempre resonancia en todo corazón humano,
pero más aún en el corazón del cubano colocado bajo la
mirada amorosa del Corazón de Jesús y de la Virgen de la
Caridad, Virgen del Amor.
Cuando voces autorizadas de la Nación
han dicho que la Revolución es magnánima nos alegra que
esta idea esté en el horizonte de los que dirigen el
país, pues así es posible infundir la esperanza de que
se haga más cálido el pensamiento y el vocabulario que
orientan la vida de nuestro pueblo. Porque el odio no es
una fuerza constructiva. Cuando el amor y el odio
luchan, el que pierde siempre es el odio. "Cuando yo me
desespero, -dice Gandhi-recuerdo que, en la historia, la
verdad y el amor siempre han terminado por triunfar". A
través del tiempo, el único amor que ha perdido siempre,
a la corta o a la larga, es el amor propio.
Todos quisiéramos, y esta es nuestra
constante oración, que en Cuba reinara el amor entre sus
hijos, un amor que cicatrice tantas heridas abiertas por
el odio, un amor que estreche a todos los cubanos en un
mismo abrazo fraterno, un amor que haga llegar para
todos la hora del perdón, de la amnistía, de la
misericordia. Un amor, en fin, que convierta la
felicidad de los demás en la felicidad propia.
Del trasfondo bíblico que late en el
pensamiento de Martí nacen estas frases suyas: "la única
ley de la autoridad es el amor", "triste Patria sería la
que tuviera el odio por sostén", "el amor es la mejor
ley".
LA MISION DE LA IGLESIA
Ya hemos dicho que los dos signos
religiosos populares de Cuba: el Sagrado Corazón de
Jesús y la Virgen de la Caridad inspiraron este mensaje
de amigos a amigos, de hermanos a hermanos, de cubanos a
cubanos.
Nosotros, pastores de la Iglesia, no
somos políticos y sabemos bien que esto nos limita, pero
también nos da la posibilidad de hablar a partir del
tesoro que el Señor nos ha confiado: la Palabra de Dios
explicitada por el Magisterio y la experiencia milenaria
de la Iglesia. Nos permite también hablar sobre lo único
que nos corresponde: el aporte de la Iglesia al bien de
todos en el plano espiritual y humano. Y hablar con el
lenguaje que nos es propio: el del amor cristiano. La
Iglesia no puede tener un programa político, porque su
esfera es otra, pero la Iglesia puede y debe dar su
juicio moral sobre todo aquello que sea humano o
inhumano, en el respeto siempre de las
autonomías propias de cada esfera. El Concilio Vaticano
II, en su Constitución Pastoral "Gozo y Esperanza",
n.76, y en el Decreto sobre el Apostolado de los Laicos,
n. 7, nos ofrece una doctrina muy segura sobre este
tema. No nos identificamos, pues, con ningún partido,
agrupación política o ideología, porque la fe no es una
ideología, aunque éstas no le son indiferentes a la
Iglesia en cuanto a su contenido ético. Nuestros puntos
de vista no están referidos a ningún modelo político,
pero nos interesa saber el grado de humanidad que ellos
contienen. Hablamos, pues, sin compromisos y sin presión
de nadie.
Por otra parte los obispos no somos
técnicos ni especialistas. Tampoco somos jueces ni
fiscales. Por imperativo de la caridad no tenemos
derecho a juzgar a las personas; entre otras cosas,
porque caeríamos en el mismo error que condenamos, que
es el de mirar más las ideas que las personas. Esto es
algo que repugna al Evangelio.
A QUIENES DIRIGIMOS ESTE MENSAJE
Hablamos a todos, también a los
políticos, o sea, a los que están constituidos en el
difícil servicio de la autoridad y a los que no lo están
pero, dentro o fuera del país, aspiran a una
participación efectiva en la vida política nacional.
Hablamos como cubanos a todos los cubanos, porque
entendemos que las dificultades de Cuba debemos
resolverlas juntos todos los cubanos.
NUESTRAS RELACIONES CON OTROS PAISES
En la historia de este siglo y fines
del pasado hemos tenido la triste experiencia de las
intervenciones extranjeras en nuestros asuntos
nacionales. En nuestra historia más reciente nos ha
sucedido lo mismo. Frente a algunas realidades negativas
que nos legaron anteriores gobiernos, acudimos a buscar
la solución de esos problemas donde no se originaban los
mismos y con quienes desconocían nuestra realidad por
encontrarse lejos de nuestra área geográfica y ajenos a
nuestra tradición cultural. Se hicieron alianzas
políticas y militares, se produjeron cambios de socios
comerciales, etc.
No es de extrañar ahora que algunos de
nuestros obstáculos presentes provengan de esta estrecha
dependencia que nos llevó a copiar estructuras y modelos
de comportamiento. De ahí la repercusión que ha tenido,
entre nosotros el desplome, en Europa del Este del
socialismo real.
Al mismo tiempo, nosotros, atrapados
en medio de la política de bloques, que prevaleció en
los últimos decenios, hemos padecido: el embargo
norteamericano, restricciones comerciales, aislamiento,
amenazas, etc., sabemos que vivimos en un mundo
interdependiente y que ningún país se basta a sí mismo.
Aspiramos, con todos los países del área, a una
integración latinoamericana, tal y como lo expresaron
los obispos del Continente en la IV Conferencia General
del Episcopado Latinoamericano reunida en Santo Domingo,
porque los países pobres deben asociarse para superar su
dependencia negativa respecto a los países ricos.
Pero no es únicamente del extranjero
de donde debemos esperar la solución a nuestros
problemas: solidaridad extranjera, inversiones
extranjeras, turismo extranjero, dinero de los que viven
en el extranjero, etc.
En nuestra historia reciente hay,
pues, dos elementos significativos: la ayuda de algunos
extranjeros y las interferencias de otros extranjeros.
Y, en medio, el pueblo cubano que lucha, trabaja, sufre
por un mañana que se aleja cada vez más. Ante esta
situación muchos parecen querer paliar sus sufrimientos
yéndose al extranjero cuando pueden, y si no pueden
irse, entonces idealizan fanáticamente todo lo
extranjero o se evaden simplemente de la realidad en una
especie de exilio interno. Hoy se admite que los cubanos
que pueden ayudar económicamente son precisamente
aquellos a quienes hicimos extranjeros. ¿No sería mejor
reconocer que ellos tienen también el legítimo derecho y
deber de aportar soluciones por ser cubanos?, ¿Cómo
podremos dirigirnos a ellos para pedir su ayuda si no
creamos primero un clima de reconciliación entre todos
los hijos de un mismo pueblo?
TODO PUEDE RESOLVERSE ENTRE CUBANOS
Somos los cubanos los que tenemos que
resolver los problemas entre nosotros, dentro de Cuba.
Somos nosotros los que tenemos que preguntarnos
seriamente ¿por qué hay tantos cubanos que quieren irse
y se van de su Patria?, ¿por qué renuncian algunos,
dentro de su misma Patria, a su propia ciudadanía para
acogerse a una ciudadanía extranjera?, ¿por qué
profesionales, obreros, artistas, sacerdotes,
deportistas, militares, militantes o gente anónima y
sencilla aprovechan cualquier salida temporal, personal
u oficial, para quedarse en el extranjero?, ¿por qué el
cubano se va de su tierra siendo tradicionalmente tan
"casero" que, durante la época colonial, no había para
él castigo más penoso que la deportación, "el
indefinible disgusto" como le llama Martí, quien dice
también que "un hombre fuera de su Patria es como un
árbol en el mar", y que "algo hay de buque náufrago en
toda casa extranjera"?.
¿Por qué, en fin, no intentar resolver
nuestros problemas, junto con todos los cubanos, desde
nuestra perspectiva nacional, sin que nadie pretenda
erigirse en único defensor de nuestros intereses o en
árbitro para nuestros problemas, con soluciones en las
que, a veces, tal parece que los únicos que pierden son
los nacionales?
LA SITUACION DE NUESTRO PAIS
"Si tu hermano está en necesidad y le
cierras el corazón, el amor de Dios no está en ti" (I
Jn. 3,17). Nadie puede cerrar su corazón a la situación
actual de nuestra Patria; tampoco los ojos para
reconocer con pena que Cuba está en necesidad. Las cosas
no van bien, este tema está en la calle, en medio del
mismo pueblo. Hay descontento, incertidumbre,
desesperanza en la población. Los discursos oficiales,
las comparecencias por los medios de comunicación
social, los artículos de la prensa algo comentan, pero
el empeoramiento es rápido y progresivo y la única
solución que parece ofrecerse es la de resistir, sin que
pueda vislumbrarse la duración de esa resistencia.
Treinta y cuatro años es un lapso
suficiente como para tender una mirada no sólo
coyuntural, sino histórica, sobre un proceso que nació
lleno de promesas e ideales, alcanzados algunos, pero en
los que, como tantas veces pasa, la realidad no coincide
en todos los casos con la idea que nos hicimos de ella,
porque no es posible adaptarla siempre a nuestros
sueños.
En el orden económico las necesidades
materiales elementales están en un punto de extrema
gravedad. El suelo bello y fértil de nuestra Isla, la
Perla de las Antillas, ha dejado de ser la madre tierra,
como cansada ahora e incapaz de alimentar a sus hijos
con sus dobles cosechas de los frutos más comunes como
la calabaza y la yuca, la malanga y el maíz, y las
frutas que hicieron célebre a nuestro suelo feraz. El
pueblo se pregunta cómo es posible que escaseen estas
cosas y cuesten tanto. Lo que se dice del sector
agrícola se puede decir también de otros sectores y
servicios.
Sabemos que, en este deterioro
económico progresivo, inciden diversos factores, entre
ellos: la condición insular de nuestro país, la
transformación de las relaciones comerciales con los
países antes socialistas que estaban fundadas sobre
bases ideológicas y, ahora, lo están sobre bases
estrictamente económicas, errores cometidos en el país
en la gestión administrativa y económica y el embargo
norteamericano, potenciado ahora por la ley Torricelli.
Los obispos de Cuba rechazamos
cualquier tipo de medida que, pretendiendo sancionar al
gobierno cubano, contribuya a aumentar las dificultades
de nuestro pueblo. Esto lo hicimos, en su momento, con
respecto al embargo norteamericano y, recientemente, con
la llamada ley Torricelli; además realizamos otras
gestiones históricas personalmente con la Administración
Norteamericana con vistas a la supresión del embargo, al
menos en relación con los medicamentos. Procurábamos
también con esos gestos que se dieran pasos positivos
para solucionar las dificultades entre los gobiernos de
Estados Unidos y Cuba.
SOLIDARIDAD EN LAS DIFICULTADES
La solidaridad a favor del pueblo
cubano en estos momentos de extrema necesidad es un
gesto hermoso, una expresión de apoyo al pueblo de Cuba
que agradecemos vivamente. Sin embargo, esta solidaridad
puede generar en nosotros una especie de pasividad y de
tácita aceptación de las causas que originan los
problemas. Recordamos lo que el Cardenal Etchegaray, en
su última visita a Cuba, dijo al despedirse: "Cuba no
puede esperarlo todo de los demás. Es necesario, desde
ahora, buscar verdaderas soluciones nacionales con la
participación activa de todo el pueblo. ¡Ayúdate... y
toda la tierra te ayudará!. Cree en tus propios recursos
humanos que son inagotables, cree en estos valores que
hacen de todo hombre tu hermano" (17 de diciembre de
1992).
CONDICIONES PARA UNA SOLUCION
No nos compete señalar el rumbo que
debe tomar la economía del país, pero sí apelar a un
balance sereno y sincero, con la participación de todos
los cubanos, sobre la economía y su dirección. Más que
medidas coyunturales de emergencia, se hace
imprescindible un proyecto económico de contornos
definidos, capaz de inspirar y movilizar las energías de
todo el pueblo. No excluimos la posibilidad de que
exista dicho proyecto, pero su desconocimiento no
contribuye a generar confianza para potenciar las
energías reales de los hombres y mujeres de nuestro
país.
EL DETERIORO DE LO MORAL
Otro aspecto al cual debemos prestar
atención es el deterioro del clima moral en nuestra
Patria. Los padres y madres, sacerdotes, educadores,
agentes del orden público y las autoridades se sienten
con frecuencia desconcertados por el incremento de la
delincuencia: robos, asaltos, la extensión de la
prostitución y la violencia por causas generalmente
desproporcionadas. Estos comportamientos son, muchas
veces, la manifestación de una agresividad reprimida que
genera una inseguridad personal en la calle y aún en el
hogar.
Las carencias materiales más
elementales: alimentos, medicinas, transporte, fluido
eléctrico, etc. favorecen un clima de tensión que, en
ocasiones, nos hace desconocido al cubano, naturalmente
pacífico y cordial. Hay explosiones de violencia
irracional que comienzan a producirse en los pueblos y
ciudades. Hacemos un apremiante llamado a nuestro pueblo
para que no sucumba a la peligrosa tentación de la
violencia que podría generar males mayores.
Los altos índices de alcoholismo y de
suicidio revelan, entre otras cosas, la presencia de
factores de depresión y evasión de la realidad. Los
medios de comunicación social reconocen, a veces, estos
hechos, pero no siempre tocan fondo en el análisis de
las causas y de los remedios. Ciertamente, se hace muy
difícil alcanzar un clima moral fundado sólo en lo
relativo y no en lo absoluto. Pero es necesario también
que nos preguntemos serenamente en qué medida la
intolerancia, la vigilancia habitual, la represión, van
acumulando una reserva de sentimientos de agresividad en
el ánimo de mucha gente, dispuesta a saltar al menor
estímulo exterior. Con más medidas punitivas no se va a
lograr otra cosa que aumentar el número de los
transgresores, esto lo saben muy bien los padres de
familia. Es muy discutible el valor del castigo para
humanizar, sobre todo cuando este rigor se ejerce en el
ámbito de la simple expresión de las convicciones
políticas de los ciudadanos.
Queremos, pues, dirigir también un
insistente llamado a todas las instancias del orden
público para que no cedan tampoco ellos a los falsos
reclamos de la violencia. Repetimos, creemos que es
posible afrontar los problemas con serenidad y en el
clima de cordialidad que generalmente nos ha
caracterizado como pueblo.
LOS VALORES DE NUESTRA CULTURA
Han sido grandes los esfuerzos
realizados, en estos años, para promover la cultura
nacional pero, por otra parte, se están perdiendo
valores fundamentales de la cultura cubana. Una de las
pérdidas más sensibles es la de los valores familiares.
Al romperse la familia se rompe lo más sagrado. La
familia ha dejado de tener una unidad sólida para
fragmentarse dolorosamente: escuelas en el campo,
jóvenes separados del hogar, hombres y mujeres que
trabajan lejos de sus casas, tanto fuera como dentro del
país, etc.
La nupcialidad prematura es una señal
de poco equilibrio social, los divorcios aumentan en
forma alarmante, poniendo punto final a una unión que
debiera ser para toda la vida. Más de la mitad de los
que se casan ya se han separado al poco tiempo y hay
muchos hijos sin padre. La mortalidad infantil reducida
es un logro de la Salud Pública cubana, pero la
mortalidad por abortos de niños que antes de nacer
mueren en el mismo lugar donde se consideraban más
seguros, en el seno materno, es asombrosa,
particularmente en jóvenes de edad escolar. No obstante
estas constataciones negativas, en la familia está el
eje del presente y del futuro de Cuba. Por tanto, si
queremos una Patria feliz todos estamos comprometidos a
proteger y promover los valores familiares.
"LA VERDAD LOS HARA LIBRES" (Jn. 8,32)
Debemos también reflexionar sobre la
veracidad. La Convocatoria para el IV Congreso del
Partido Comunista de Cuba hacía un llamamiento muy
nítido para erradicar lo que llamó doble moral,
unanimidad falsa, simulación y acallamiento de
opiniones. Ciertamente, un país donde rindan dividendos
tales actitudes no es un país sano ni completamente
libre; se convierte, poco a poco, en un país escéptico,
desconfiado, donde queriendo lograr que surja un hombre
nuevo podemos encontrarnos con un hombre falso.
Todo hombre tiene derecho, en lo que
concierne a la vida pública, a que la verdad le sea
presentada completa y, cuando no es así, se desata un
proceso en cadena de rumores, burlas, chistes, a veces
irrespetuosos de las personas, que pueden ser como la
válvula de escape para exteriorizar lo que se lleva
internamente reprimido. La búsqueda sin trabas de la
verdad es condición de la libertad.
LOS ASPECTOS POLITICOS
La gravedad de la situación económica
de Cuba tiene también implicaciones políticas, pues lo
político y lo económico están en estrecha relación.
Nos parece que, en la vida del país,
junto a ciertos cambios económicos que comienzan a
ponerse en práctica, deberían erradicarse algunas
políticas irritantes, lo cual produciría un alivio
indiscutible y una fuente de esperanza en el alma
nacional:
1) El carácter excluyente y
omnipresente de la ideología oficial, que conlleva
la identificación de términos que no pueden ser
unívocos, tales como: Patria y socialismo, Estado y
Gobierno, autoridad y poder, legalidad y moralidad,
cubano y revolucionario. Este papel, centralista y
abarcador de la ideología produce una sensación de
cansancio ante las repetidas orientaciones y
consignas.
2) Las limitaciones impuestas, no
sólo al ejercicio de ciertas libertades, lo cual
podría ser admisible coyunturalmente, sino a la
libertad misma. Un cambio sustancial de esta actitud
garantizaría, entre otras cosas, la administración
de una justicia independiente lo cual nos
encaminaría, sobre bases estables, hacia la
consolidación de un estado de pleno derecho.
3) El excesivo control de los
Organos de Seguridad del Estado que llega a veces,
incluso, hasta la vida estrictamente privada de las
personas. Así se explica ese miedo que no se sabe
bien a qué cosa es, pero se siente, como inducido
bajo un velo de inasibilidad.
4) El alto número de prisioneros
por acciones que podrían despenalizarse unas y
reconsiderarse otras, de modo que se pusiera en
libertad a muchos que cumplen condenas por motivos
económicos, políticos u otros similares.
5) La discriminación por razón de
ideas filosóficas, políticas o de credo religioso,
cuya efectiva eliminación favorecería la
participación de todos los cubanos sin distinción en
la vida del país.
Tal y como lo expresó nuestro
Encuentro Nacional Eclesial Cubano (ENEC): "La Iglesia
Católica en Cuba ha hecho una clara opción por la
seriedad y la serenidad en el tratamiento de las
cuestiones, por el diálogo directo y franco con las
autoridades de la nación, por el no empleo de las
declaraciones que puedan servir a la propaganda en uno u
otro sentido y por mantener una doble y exigente
fidelidad: a la Iglesia y a la Patria. A esto se debe,
en parte, el silencio, que ciertamente no ha sido total,
de la Iglesia, tanto en Cuba como de cara al Continente,
en estos últimos 25 años. Los obispos de Cuba,
conscientes de vivir una etapa histórica de singular
trascendencia, han ejercido su sagrado magisterio con el
tacto y la delicadeza que requería la situación" (Nos.
129 y 168b), pero un sano realismo implica la aceptación
de dejarnos interpelar a nosotros mismos, lo cual puede
no gustar, pero puede, también, llevarnos a las raíces
de los problemas a fin de aliviar la situación de
nuestro pueblo.
EL HOMBRE: CENTRO DE TODOS LOS
PROBLEMAS
En el centro de toda esta situación
problemática está el hombre, el sujeto preferente, el
tesoro más grande que tiene Cuba. "El hombre en la
tierra es la única criatura que Dios ama por si misma"
(GS. 24). Y cuando Jesús declara que "el sábado es para
el hombre y no el hombre para el sábado" (Mc. 2,27), o
cuando San Pablo dice: "todo es tuyo, tú eres de Cristo
y Cristo es de Dios" (I Cor. 3,23), o el Creador decide:
"Hagamos al hombre a imagen y semejanza nuestra" (Gén.
1,26), nos están advirtiendo que no se puede subordinar
el hombre a ningún otro valor. La persona humana, en la
integralidad de sus características materiales y
espirituales, es el valor primero y, por tanto, el
desarrollo de una sociedad se alcanza cuando ésta es
capaz de producir mejores personas, no mejores cosas;
cuando se mira más a la persona que a las ideas; cuando
el hombre es definido por lo que es, no por lo que
piensa o tiene. "El principio, el sujeto y el fin de
todas las instituciones sociales es y debe ser la
persona humana" (GS. 25).
BUSCAR CAMINOS NUEVOS
Los obispos, como todo nuestro pueblo,
seguimos con atención e interés el inicio de algunos
cambios en la organización económica del país. Al mismo
tiempo comprobamos que, dadas las actuales condiciones
de vida del pueblo cubano, se requiere actuar con
urgencia y, además, en un marco de iniciativas
coherentes cuyos perfiles y metas deberían ser dados a
conocer.
Reconocer un problema ya es empezar a
resolverlo y someterse uno mismo a la realidad es un
modo de cambiarla. Pero además es necesario que,
abiertos a las exigencias de la realidad, busquemos
sinceramente la verdad con un corazón dispuesto a la
comprensión y al diálogo.
Aún la misma concepción dialéctica y
antidogmática con que se autodefine el marxismo favorece
la búsqueda incesante de caminos nuevos para la solución
de los problemas mediante cambios que impidan que el
país permanezca encerrado en sí mismo y que impliquen
una transformación profunda en las actitudes. El Estado
tiene el deber de preocuparse por el bien de todos y los
esfuerzos por promover la salud, la instrucción y la
seguridad social, infunde la esperanza de que pueda
proponer soluciones que inicien cambios sustanciales
para hacer frente a las nuevas formas de la pobreza en
Cuba.
Todos, sin embargo, deben participar
activamente en la gestación y realización de estos
cambios. Si tales cambios no se efectuaran
participativamente, la sociedad puede volverse perezosa,
agotando sus virtualidades en un simple desarrollismo.
En las graves circunstancias actuales
parece que si no hubiera cambios reales, no sólo en lo
económico, sino también en lo político y en lo social,
los logros alcanzados podrían quedar dispersos tras años
de sacrificio. Todos en Cuba quisiéramos entrar en el
tercer milenio como una sociedad justa, libre, próspera
y fraterna. Todos los cubanos quisiéramos que no nos
sustituyera el vacío que dejemos atrás, sino una estela
de buen recuerdo en nuestra historia.
EL CAMINO MEJOR: EL DIALOGO
Sobre el diálogo, y diríamos mejor
aún, sobre el compromiso mediante el diálogo,
quisiéramos decir una palabra, reiterando lo que, en
tantas ocasiones hemos expresado. Recordamos, por
ejemplo, lo ampliamente detallado en el Encuentro
Nacional Eclesial Cubano (números 306 al 330), en
nuestro Mensaje de Navidad de 1989, etc. El Santo Padre
Juan Pablo II nos dice: "... los complejos problemas se
pueden resolver por medio del diálogo y de la
solidaridad en vez de la lucha para destruir al
adversario y en vez de la guerra" (Centesimus Annus n.
22 y 23).
Ninguna realidad humana es
absolutamente incuestionable. Tenemos que reconocer que
en Cuba hay criterios distintos sobre la situación del
país y sobre las soluciones posibles y que el diálogo se
está dando a media voz en la calle, en los centros de
trabajo, en los hogares. Es evidente que los caminos que
conducen a la reconciliación y a la paz, como el
diálogo, tienen un innegable respaldo popular y, además,
mucha simpatía y prestigio.
UN DIALOGO ENTRE CUBANOS
El cubano es un pueblo sabio, no sólo
con la sabiduría que procede de los libros, sino con esa
otra sabiduría que viene de la experiencia de la vida.
Por esto desea un diálogo franco, amistoso, libre, en el
que cada uno exprese su sentir verbal y cordialmente. Un
diálogo no para ajustar cuentas, para depurar
responsabilidades, para reducir al silencio al
adversario, para reivindicar el pasado, sino para
dejarnos interpelar. Con la fuerza se puede ganar a un
adversario, pero se pierde un amigo, y es mejor un amigo
al lado que un adversario en el suelo. Un diálogo que
pase por la misericordia, la amnistía, la
reconciliación, como lo quiere el Señor que "ha
reconciliado a los dos pueblos con Dios uniéndolos en un
solo cuerpo por medio de la cruz y destruyendo la
enemistad" (Ef. 2,16).
Un diálogo no para averiguar tanto los
¿por qué?, como los ¿para qué?, porque todo por qué
descubre siempre una culpa y todo para qué trae consigo
una esperanza. Un diálogo no sólo de compañeros, sino de
amigos a amigos, de hermanos a hermanos, de cubanos a
cubanos que somos todos, de cubanos "que hablando se
entienden" y pensando juntos seremos capaces de llegar a
compromisos aceptables.
Un diálogo con interlocutores
responsables y libres y no con quienes antes de hablar
ya sabemos lo que van a decir y, antes de que uno
termine, ya tienen elaborada la respuesta, de los que
uno a veces sospecha que piensan igual que nosotros,
pero no son sinceros o no se sienten autorizados para
serlo.
En las cosas contingentes todos
podemos tener fragmentos del arco de la verdad, pero
nadie puede atribuirse la verdad toda, porque sólo Jesús
pudo decir: "Yo soy la verdad" (Jn. 14,6), "el que no
está conmigo está contra mí" (Lc. 11,23).
En Cuba hay un solo partido, una sola
prensa, una sola radio y una sola televisión. Pero el
diálogo al que nos referimos debe tener en cuenta la
diversidad de medios y de personas, tal como lo expresa
el Santo Padre: "la sociabilidad no se agota en el
Estado, sino que se realiza en diversos grupos
intermedios, comenzando por la familia y siguiendo por
los grupos económicos, sociales, políticos y culturales,
los cuales, como provenientes de la misma naturaleza
humana, tienen su propia autonomía, sin salirse del bien
común" (Centesimus Annus, n. 13).
Cuando uno analiza las opiniones de
otros en el sentido del valor y mérito que tengan en sí
mismas y no en función de las personas que las emiten,
no hay por qué temer, ya que la disensión puede ser una
fuente de enriquecimiento. No hay por qué temer a las
réplicas y las discrepancias, porque las críticas
revelan lo que los incondicionales ocultan.
El pueblo cubano es un pueblo maduro
y, si queremos ser ciudadanos del mundo del mañana, bien
vale la pena ponerlo a prueba y reconocerle el derecho a
la diversidad que no es sólo un derecho legal, sino
básicamente ético, humano, porque se fundamenta en la
dignidad del hombre por encima de cualquier otro valor.
Si Cuba ha abierto las fronteras a las
relaciones internacionales con sistemas no sólo
distintos, sino hasta opuestos al nuestro, que incluso
en palestras internacionales han votado contra los
puntos de vista del gobierno cubano, no se ve por qué a
nivel nacional los cubanos deben ser forzosamente
uniformes; si a los problemas y confrontaciones con esos
otros países se les califica comprensivamente de
"problemas entre familia" por qué no llamarle igual a
las discrepancias entre los cubanos. No olvidamos,
cuántos problemas de El Salvador, Nicaragua, Argentina,
Chile y la guerrilla de Colombia terminaron en concordia
para el bien del pueblo mediante un diálogo en el que
nadie perdió y ganaron todos. Hay países hermanos de los
que hay mucho ciertamente que evitar, pero también hay
mucho que aprender.
Sabemos bien que no faltan, dentro y
fuera de Cuba, quienes se niegan al diálogo porque el
resentimiento acumulado es muy grande o por no ceder en
el orgullo de sus posiciones o, también, porque son
usufructuarios de esta situación nuestra, pero pensamos
que rechazar el diálogo es perder el derecho a expresar
la propia opinión y aceptar el diálogo es una
posibilidad de contribuir a la comprensión entre todos
los cubanos para construir un futuro digno y pacífico.
UNA REFLEXION NECESARIA
Nos hemos dirigido a nuestro pueblo en
general, con el cual nos sentimos concernidos en los
logros y fracasos, en lo bueno y en lo malo. Nuestro
pensamiento se dirige ahora hacia aquellos que fueron
llevados a las aguas bautismales y han permanecido
fieles a la fe en circunstancias difíciles. Va también
nuestro pensamiento hacia los que abandonaron la fe o la
práctica de la fe, pero a quienes la Iglesia, que los
engendró por el Bautismo, los lleva en su seno con amor
de madre y hacia los que no han recibido el Bautismo,
pero están llamados por el Señor a formar, en Cristo,
una sola alma y un solo corazón. De estos últimos somos
hermanos por razón del linaje humano, por razón de la
cubanía que nos hace a todos hijos de esta tierra.
La Iglesia nunca ha estado lejos de
este pueblo nuestro. Se quedó con los que se quedaron
por muchas que hayan sido las dificultades. Sus templos,
a veces llenos, a veces vacíos, han permanecido
idénticos, siempre serenos, como testigos solitarios en
medio de los pueblos y ciudades, con sus altas torres
levantadas hacia el cielo, velando sobre la ciudad,
sobre sus casas y sus puertas, como dice la Sagrada
Escritura, como signos del amor de Dios que siempre
espera, bendice y llama.
Desde allí la voz amorosa de Dios ha
seguido llamando con el mismo acento de siempre: "Si tú
comprendieras lo que puede traerte la paz" (Lc. 19,41),
"Si tú conocieras el don de Dios..." (Jn. 4,10),
"Cuántas veces quise cobijarte bajo mis alas, y no
quisiste" (Mt. 23,37). Desde allí el Señor nos ha
seguido diciendo: "Sin mí nada podrán hacer" (Jn. 15,4),
"Si el Señor no construye la casa en vano se cansan los
albañiles, si el Señor no guarda la ciudad en vano
vigilan los centinelas" (Sal. 127,1). Es la hora,
queridos hermanos, de levantar los ojos del corazón a
Dios nuestro Padre, suplicándole la reconciliación entre
nosotros, el triunfo del amor y de la paz.
Nosotros conocemos los sufrimientos, a
veces innecesarios, acumulados en el corazón de tanta
gente que parece que no pueden ya más con su alma sea a
causa de los trabajos que pasan para realizar sus
labores cotidianas o de las extremas necesidades
elementales. Sabemos el dolor que en tantos cubanos han
causado los grandes lutos nacionales, como el de los
hermanos internacionalistas que murieron en otras
tierras o el de los hermanos que siguen muriendo en los
mares que rodean nuestra propia tierra. Sabemos del
dolor de los presos y de sus familias y el sufrimiento
de los que están lejos.
Al escribir este mensaje compartimos
la pena de aquellos ancianos afectados, en muchos casos,
por las carencias materiales o por la ausencia
definitiva de sus familiares, que hace aún más dura su
soledad. Tenemos presente también, a los jóvenes,
naturalmente llenos de ilusiones, y que se sienten, a
menudo, escépticos y faltos de esperanza.
A todos ustedes queremos decirles una
palabra de aliento: la sensatez puede triunfar, que la
fraternidad puede ser mayor que las barreras levantadas,
que el primer cambio que se necesita en Cuba es el de
los corazones y nosotros tenemos puesta nuestra
esperanza en Dios que puede cambiar los corazones.
SOLO DIOS ES JUEZ DE LA HISTORIA
Nosotros pensamos que no es conforme
al Evangelio la enumeración de los factores negativos
con la intención de inculpar a otros. "No juzgues", nos
dice el Señor (Mt. 7,1), y a nadie le está permitido
juzgar, porque sólo el Señor es juez de vivos y muertos
(2 Tim. 4,1), y sólo El conoce lo que hay en el corazón
del hombre.
También, dentro de la comunidad
eclesial, sólo Dios conoce el desgarramiento interior de
los que optaron por dar la espalda al Señor y a la
Iglesia en momentos difíciles, de los que apartaron a
sus hijos de la fe católica, de los que quitaron el
popular cuadro del Sagrado Corazón o la estampa de la
Virgen de la Caridad de sus hogares, como un triste
presagio de lo que dice San Agustín: "Cuando uno huye de
Cristo, todo huye de uno".
Pero aunque nuestras infidelidades
hubieran sido mayores que nuestras lealtades, incluso
"si nuestro corazón nos condena, Dios es más grande que
nuestro corazón" (I Jn. 3,20). De todo podemos sacar
enseñanzas positivas y negativas, así se va tejiendo la
vida cristiana hasta que la Iglesia de los pecadores,
que somos nosotros, se vaya haciendo en nosotros la
Iglesia de los santos. En esta conjunción de culpa y
gracia, de luces y sombras, que es el misterio de la
Iglesia de Dios, está nuestra salvación.
CONCLUSION
Queridos hermanos y amigos: al
terminar este mensaje queremos volver al pensamiento
primero que lo inspira y motiva: el de la experiencia
universal del amor de Dios. Ese amor que se nos revela
en Cristo, pues El nos manifestó el rostro de Dios, que
es el rostro de Jesús crucificado, cuyo corazón abierto
en la cruz no se ha cerrado para nadie, incluso para los
que lo hemos ofendido. Si Jesús no nos hubiera revelado
ninguna otra cosa más que ésta: "Dios es amor" (I Jn.
4,8), eso sería suficiente para ser mejores y llenarnos
de paz y esperanza. No estamos del todo seguros de que
amamos a Dios como El lo merece, pero sí lo estamos de
que Dios nos ama como nosotros no lo merecemos.
Hemos pedido al Señor dirigir este
mensaje en su lenguaje de amor, sin lastimar a ninguna
persona, aunque cuestionemos sus ideas en diversos
aspectos, porque de lo contrario Dios no bendeciría el
humilde servicio que queremos prestar a cuantos
libremente quieran servirse de él. Lo hacemos con esa
ilimitada confianza en el amor de Dios, callado desde el
primer día de la creación, pero "trabajando a todas las
horas" (Jn. 5,17). El vela sobre su ciudad (Salmo 127),
también sobre Cuba, porque el Señor está con nosotros y
quiere para nosotros lo mejor. El tiene en sus manos,
como Señor de la Historia, el corazón de los hombres.
Hablando como pastores de la Iglesia
que está en Cuba queremos recordar que la paz es posible
porque "Cristo es la paz" (Ef. 2,14), que podemos
descubrir la verdad porque "Cristo es la verdad" (Jn.
14,6), que se puede hallar el camino porque "Cristo es
el camino" (Jn. 14,6). En fin, que la salvación es
posible porque Cristo es nuestra salvación (Lc. 19,9).
Confiamos además en nuestro pueblo, al que conocemos
bien y que ha mostrado a lo largo de su historia una
sorprendente capacidad de recuperación.
Revitalizar la esperanza de los
cubanos es un deber de aquellos en cuyas manos está el
gobierno y el destino de Cuba y es un deber de la
Iglesia que está separada del Estado, como debe ser,
pero no de la sociedad. Y esto lo podremos lograr juntos
con una gran voluntad de servicio, pero no sin una gran
voluntad de sacrificio, "amando más intensamente y
enseñando a amar, con confianza en los hombres, con
seguridad en la ayuda paterna de Dios y en la fuerza
innata del bien", como decía Pablo VI.
La Virgen de la Caridad, Patrona de
Cuba, Madre de todos los cubanos, que sabe cuanto lo
necesitamos sus hijos, nos ayude con su bendición. "Y en
toda ocasión, en la oración y en la súplica, nuestras
peticiones sean presentadas a Dios. Y la paz de Dios que
es más grande de lo que podemos comprender, guarde
nuestros corazones y nuestros pensamientos en Cristo
Jesús" (Flp. 4,6-7).
Con nuestro cordial y fraterno afecto
en el Señor.
La Habana, 8 de septiembre de 1993
+ Jaime, Arzobispo de La Habana y
Presidente de la COCC
+ Pedro, Arzobispo de Santiago de Cuba
+ Adolfo, Obispo de Camagüey
+ Fernando, Obispo de Cienfuegos-Santa Clara
+ Héctor, Obispo de Holguín
+ José Siro, Obispo de Pinar del Río
+ Mariano, Obispo de Matanzas
+ Emilio, Obispo Auxiliar de Cienfuegos-Santa Clara
+ Alfredo, Obispo Auxiliar de La Habana
+ Mario, Obispo Auxiliar de Camagüey
+ Carlos, Obispo Auxiliar de La Habana