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Celebrando a San José en Cienfuegos Miguel Albuerne Mesa
El 19 de marzo, festividad de San José, amaneció temprano en el barrio de Paraíso, pues antes de salir el sol y a pesar del extemporáneo frío que hubo, comenzaron a llegar peregrinos venidos de Cienfuegos y otros lugares para venerar a San José en su santuario diocesano, erigido en las primeras décadas del siglo XX por los Padres Dominicos. Desde la visita del Papa Juan Pablo II a Cuba en 1998 se retomó lo que era tradicional en ese lugar: la procesión después de la misa y la fiesta popular durante todo el día. La eucaristía se celebró en los jardines del santuario, como ya es tradición desde hace algunos años, pues la gran cantidad de fieles asistentes no caben en el templo. Presidió la misa Mons. Emilio Aranguren Echeverría, Administrador Apostólico de Cienfuegos, y en el momento de la consagración la mayoría de los sacerdotes de la diócesis que estaban presentes subieron al improvisado altar para, junto al obispo, pronunciar las palabras consagratorias. Las lecturas del día destacaron la figura de José como beneficiario de la herencia de David, y en ellas se apoyó el obispo para argumentar en su homilía que San José fue un hombre justo porque no titubeó, no fue egoísta, dio una respuesta de fe; tampoco puso condiciones, confió totalmente y actuó según la voluntad de Dios. Señaló el P. Emilito que “hombres como San José los tenemos en nuestras familias, nuestras comunidades, nuestro vecindario, están aquí, pues la fe ha de dar vida en lo cotidiano y quizás algún día veamos a un santo con una bicicleta”. Con respecto a San José como Patrono de la Iglesia Universal, señaló que “la Iglesia desde su experiencia histórica ha ido fraguando su modo de comportamiento, su modo de vivir la vocación a la cual el Señor la ha convocado; y nosotros en Cuba, hemos asumido una espiritualidad eclesial comunitaria propia de la realidad que vivimos y asumimos como vocación y no como resignación ni como lamento. No proyectamos ni lo grande, ni lo impactante, pues creemos en el valor de lo pequeño”. Cuando Mons. Emilio fue nombrado como obispo para Cienfuegos, este templo, erigido en la calle principal del pueblito de Paraíso o Manacas, como también se le conoce, estaba en ruinas, y a fuerza de oración y voluntad se logró reconstruirlo, y hoy los que viajan de Cienfuegos a La Habana por carretera se admiran al contemplar este bello santuario dedicado a San José, que al igual que el existente en Barcelona, España, se levanta en una pequeña loma, como para darles una mejor acogida a todos los peregrinos que llegan a patentizar su devoción. Una vez concluida la procesión, le pregunté a Mons. Juan Francisco Vega Rodríguez, vicario general de la diócesis, párroco y rector de este santuario dedicado a San José, qué momentos le habían resultado más significativos este año y me respondió: “La gran cantidad de personas que asistieron a pesar de ser un día laborable (lunes); el respeto, devoción y solemnidad con que los asistentes participaron de todas las ceremonias y la atención que pusieron a las palabras de Mons. Emilio”. De regreso a casa seguro estoy de que todos llevábamos en nuestras mentes y corazones las palabras finales de la homilía de Mons. Emilio: “Aprendamos de San José a vivir nuestra fe en la vida cotidiana, y verdaderamente seremos formadores de hombres, formadores de familias; y transformadores de la sociedad como constructores del Reino de Dios”. |