El cayado pasa a nuevas manos

Laura María Fernández

Mons. Dionisio García.
Fotos: Cortesía de la COCC/Gustavo Andújar

Una catedral santiaguera abarrotada de fieles, fue testigo de la toma de posesión del nuevo arzobispo de la diócesis primada de la Isla, Santiago de Cuba.

En la eucaristía concelebraron con los obispos de Cuba, Mons. Roberto González, Arzobispo de Puerto Rico, Mons. Fabio Betancourt Tirado, Arzobispo de Manizales, Colombia, y los obispos cubanos residentes en Estados Unidos, Mons. Octavio Cisneros y Mons. Felipe Estévez, Auxiliares de Brooklyn y Miami respectivamente, junto a gran parte del clero de la arquidiócesis.

En su homilía durante la eucaristía de toma de posesión, Mons. Dionisio García Ibáñez recordó los territorios orientales: Guantánamo, donde naciera, y sus padres, que le dieron el tesoro más preciado, la fe que da sentido a la vida; Bayamo, donde fuera pastor por 21 años, y Santiago de Cuba, en la cual estudió su carrera universitaria y se relacionara con Mons. Meurice, el primer sacerdote cubano que conociera.

El nuevo Arzobispo de Santiago de Cuba saluda a los feligreses.

Con palabras emocionadas dio gracias a Dios por los 40 años de pastoreo de Mons. Meurice, el obispo que durante más tiempo ha servido en la arquidiócesis con su testimonio de fe, de entereza, de identidad: “No nos merecemos este servicio, sino que como Padre, Dios nos tiene en sus hombros. Quiere construir su Iglesia sobre personas… Le dio fuerzas para esta tarea a Mons. Zubizarreta, a Mons. Pérez Serantes, a Mons. Meurice… Oren por mí, para que el Señor me dé su gracia y su fuerza”.

Al saludar a las autoridades presentes en la ceremonia hacía notar cómo “en medio de la necesidad de encontrar el bien del hombre, es necesario encontrarse. Todos tenemos que trabajar juntos por el bien de todos, por la libertad, por los derechos, por el bienestar temporal, porque todos los que amamos a Cuba somos hijos de esta Patria y a nadie se le puede separar”.

Al comentar las lecturas de la liturgia del día, Mons. Dionisio nos hacía notar el camino que siguió Moisés para descubrir a Dios y su voluntad, y cómo “el deseo de justicia que tenía como hombre se transforma en algo distinto, en algo más. Lo lleva a los Diez Mandamientos, la guía para la vida. Constituyen una alianza no política, ni económica, sino moral. Esos mandamientos son el inicio de la historia de la salvación, de la liberación del hombre”.

Minutos antes, al comenzar la ceremonia, Mons. Pedro Meurice Estíu, ahora Arzobispo Emérito, había entregado su báculo, el cayado del pastor, a Mons. Dionisio García. Al respecto, el recién nombrado arzobispo de Santiago de Cuba, comentaba: “él me dio el báculo que usó el primer arzobispo de la arquidiócesis, Mons. Osés. En las crónicas de la época vemos cómo el Obispo Osés encontró Santiago de Cuba como la zona menos rica, menos importante, casi despoblada, empobrecida y con la catedral destruida. Así fue como comenzó su trabajo, creando parroquias, construyendo templos y preocupándose también por lo social”.

Y recalcaba: Así tenemos que trabajar nosotros también. Esta arquidiócesis tiene el treinta y tantos por ciento de los habitantes del país. Nosotros sabemos que tenemos que crear las condiciones para que estos hermanos nuestros no se marchen a otras provincias por falta de esperanza, de interés, de motivación. Ésa es también nuestra misión y nuestro trabajo. Tenemos que arrimar el hombro y levantar el Espíritu y darle aquello que falta. Tenemos que predicar a Jesucristo, ése es el gran aporte que podemos dar, nuestro aporte.

Todos podemos aportar en política, economía y educación. Pero lo que nos caracteriza es predicar la verdad de la fe, eso es lo que nos ha hecho ser fieles a través de tanto tiempo. Dándoles a las personas la confianza en Dios; que donde haya comunidades también haya templos, para que Dios esté presente como garantía de amor y solidaridad en medio de nuestro pueblo.

Al finalizar la eucaristía, Mons. Luigi Bonazzi, Nuncio Apostólico en Cuba, nos hacía presente la bendición del Santo Padre y nos daba su imagen de lo vivido, haciéndonos colocar la ceremonia en el cuadro del viejo Simeón, cuando dijo: “Ahora, Señor, puedes dejar ir a tu siervo en paz”, pues algo así vio en los ojos y el corazón de Mons. Meurice.

El señor Nuncio veía a Mons. Dionisio como un don que el Santo Padre ha enviado a Mons. Meurice, al cual, en sentidas palabras describió como “el buen obrero que ha llevado sobre sus hombros el peso arduo y difícil de esta Iglesia. Su influjo ha sido no sólo en Santiago, sino en esta Isla”. Esta afirmación arrancó prolongados aplausos, e hizo poner en pie a todos los presentes. “Y es por eso”, dijo el nuncio, “que en nombre de la Iglesia, en nombre de los nuncios que han trabajado aquí durante este tiempo, quiero ser portador de un grande gracias. Ha sabido ser padre de los pobres, defensor de los oprimidos, portador de la verdad en medio de su pueblo. Ha servido a ese pueblo. Ha sido un digno sucesor de San Antonio María Claret, Mons. Zubizarreta, Mons. Pérez Serantes. Ha guardado como su más precioso don la imagen de la Virgen de la Caridad”.