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Eucaristía de júbilo por Mons. Meurice María Caridad López Campistrous
El domingo 18 de febrero la catedral santiaguera recibió jubilosa a hermanos de todas las comunidades santiagueras y de lugares cercanos. Acudían para acompañar en su última celebración como arzobispo, a su pastor Mons. Pedro Claro Meurice Estíu. La mayoría de sus hijos le llamamos Padre Meurice, por la confianza que como verdadero padre nos ha mostrado siempre, sin que por eso disminuyan la veneración y el respeto de todos hacia su persona. Eucaristía de júbilo y acción de gracias al Señor, por estos casi cuarenta años de servicio de nuestro pastor. Durante la eucaristía fue acompañado, entre otros, por el P. Rafael Ángel, párroco del sagrario de la S.B.M.I. Catedral, por el P. Isaac, SDB, y por el P. Pedrín, sacerdote santiaguero residente en Madrid. Nos habló Mons. Meurice durante la homilía con sabias palabras, para sencillamente enseñarnos la ley del amor, el mandamiento nuevo que el Señor nos exige para ser llamados y conocidos como cristianos, el testimonio del “miren cómo se aman”. Participamos y compartimos en la mesa eucarística la vida de fe de nuestra Iglesia arquidiocesana, esperanzas y luchas de toda la Iglesia, de todo el pueblo de Cuba, amor y pasión de nuestro Pastor. Pero Monseñor Meurice tenía reservada una sorpresa: “Al llegar el fin de mi ministerio episcopal (no me gusta decir retiro, pues eso se parece a retirada, a mí me gusta decir jubilación, porque viene de júbilo, de alegría)… Así, dando una mirada a todos estos años, veía que no había sido yo quien había impartido catequesis, visitado a los enfermos, acompañado a los presos… eso, con toda honestidad, lo han hecho durante todo este tiempo, ustedes. Por ello pensé y así lo solicité, otorgar una distinción de parte del Santo Padre, a las personas que se han distinguido con constancia y se han entregado a la obra de la fe en Cuba, en nuestra arquidiócesis. Y es esto que estamos haciendo esta noche, en este momento en que hermanos de las comunidades de Santiago de Cuba y sus alrededores recibirán esa condecoración: la Honorificencia Pontificia”. Así fueron llamados al presbiterio los elegidos para recibir tan alta distinción, que supone un mayor compromiso, mayor entrega y servicio en y por el amor a Dios en los hermanos. Y cuando ya parecían vividas todas las emociones, Mons. Meurice se acercó nuevamente al micrófono. Se hizo silencio: Ésta es la última misa que he celebrado como Arzobispo de Santiago de Cuba. La última vez también como arzobispo. ...No quiero terminar sin dar gracias a Dios por mis setenta y cinco años y por los cuarenta años de Arzobispo… ...Les decía reconciliarse, orar por la reconciliación, cambiar las cosas… No se es cristiano si no se compromete con la fe de tal manera que va a comunicarla a los demás, la misión, la evangelización. …Nuestra Señora de la Caridad, ella es la que tiene el secreto, la llave de cómo se entra a la puerta del corazón del pueblo cubano. Ella es la que tiene el secreto y esa llave, cuando vamos con esa llave, nadie dice no. Tenemos primero que vivirlo como ella, buscar que se haga en nosotros la voluntad de Dios y llevar esa dedicación y esa devoción a todos los demás. Estoy tan emocionado que debo terminar ya, no quiero llorar, ni quiero que otros lloren. Quiero, en el día de mi jubilación, júbilo y alegría. Me voy, pero no me voy de Cuba, estoy sembrado aquí gracias a Dios, porque aquí nací, en el pueblo más hermoso de Cuba, que se llama San Luis, y no me voy de aquí, ni aunque me arranquen… Los aplausos llenaron su Catedral. Vivíamos un instante precioso de la historia de la Iglesia cubana. Detrás de los aplausos, y algo verdaderamente inusual, cantamos “felicidades”. Mons. Meurice salía presto a la sacristía, huidizo de halagos, porque él bien sabe que “sólo al Señor, sólo al Señor todo honor y toda gloria”. |