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El camino equívoco de la violencia Eduardo Mesa Crecí con los cuentos de mi abuelo, un hombre duro, con frecuencia irascible, que sin embargo sentía un gran cariño por sus nietos. Mi abuelo participó de la violencia republicana, esa devoción por el revólver bajo la guayabera impoluta, esa idolatría por la violencia justiciera que tanto nos ha costado. Él estaba preso en la Fortaleza de la Cabaña cuando estalló la revolución de 1933; en su galera conservaban el garrote vil en desuso, y meditaba el viejo sentado en tan macabra silla cuando llegó la orden de libertad firmada por Antonio Guiteras. Él, como muchos cubanos de su época, fue testigo de aquella furia que trajo linchamientos y barbarie. Siendo un hombre maduro vivió el cuartelazo de Fulgencio Batista y el triunfo de Fidel Castro. Era teniente de la policía, cuartel maestre de la Cuarta Estación, tenía su propia crónica de aquellos horrores, su propia colección de héroes y villanos. Conocía mi abuelo los vericuetos del poder que se perdía y la revancha urgente de los vencedores, henchidos de la falsa ilusión de la justicia. Mi abuelo me enseñó que nuestra historia, en multitud de aspectos luminosa, es también una historia de ajustes de cuentas. Nunca podré olvidar la soberana bronca que se formó en mi cuadra en los días del Mariel, cuando vinieron a pegarle a aquel repartidor de telegramas que nunca se metió con nadie. Con el tiempo supe que aquellos enfurecidos revolucionarios habían trabajado con él en otra empresa y le debían dinero: sus motivaciones estaban muy lejos del celo ideológico. Por suerte, la gente de mi cuadra salió a defender a aquel pobre hombre y muchos vecinos quedaron detenidos al menos una noche. Cuando se desata la violencia se suele tomar partido: es, más que nada, puro sentido de supervivencia. Decía Ernest Hemingway que el valor es una huida hacia adelante, y ése es el peligro de llegar a situaciones extremas. No me considero un pesimista y creo que, a pesar de todo, entre nuestra gente prevalecerá el sentido común, pero ante un régimen que ha basado su éxito en administrar la fuerza con una eficacia difícil de superar y que confía ciegamente en el uso de la misma, cabe también esperar la violencia como respuesta. Cabe esperar el desahogo ante tantas décadas de humillación, ese daño moral que tanto cuesta perdonar. Es por eso que conviene escuchar lo que al respecto dice la Iglesia en Cuba. Ella conoce el clamor íntimo de un pueblo que no se expresa en encuestas ni marchas. El Reino de Dios está cerca, dice el cardenal arzobispo de La Habana; titula así su mensaje de navidad para el año que termina, mensaje de esperanza para el año que comienza. Ante un pueblo cada vez más triste, el obispo se esfuerza por encontrar las palabras apropiadas, el tono cercano que preferimos y aprovecha esta navidad para animar a su pueblo, para decirles que recen, que pidan esa paz que tanto necesitamos. En el mensaje la petición no se refiere exclusivamente a la paz del espíritu, también invita a orar por la consecución de esa paz social ausente de Cuba desde hace décadas. Sobre esta noche oscura, que comienza a vislumbrar luz, gravita la violencia endémica de nuestra historia, demonio a exorcizar con la abstención de cualquier exceso. Y el cardenal se extiende en una lúcida catequesis sobre la violencia como camino equívoco para cualquier fin, y advierte “que para un cristiano no bastan para actuar las causas nobles o el bien subjetivamente u objetivamente considerado como urgente.” La Iglesia que vive en Cuba es pueblo, conoce el clamor del pueblo, lo escucha, y en Cuba todo el pueblo es creyente; quizás no es católico, ni santero, ni protestante ferviente, pero cree y regresa cada año a sus santuarios y allí se abraza a la fe de sus mayores, a la esperanza profunda que cincuenta años de obcecado ateísmo oficial no han podido arrancar. Los obispos cubanos han estado presentes en estas celebraciones y presienten la novedad del momento. Ghandi decía que no hay camino para la paz: la paz es el camino. Puede que, a mediano plazo, tengamos a mano una preciosa oportunidad de recomenzar nuestra andadura como nación soberana, como persona nueva. Para esto tenemos que abstenernos de cualquier violencia. La voluntad de reconciliación no contradice el justo reclamo de justicia, una justicia que ha de realizarse en el ámbito de la ley, si queremos sentar las bases de una paz duradera en nuestra tierra. No obstante, si posponemos la voluntad de perdonar y el afán reconciliador hasta que se haga justicia, corremos el riesgo de cierta frustración: todas las leyes y la minuciosa aplicación de las mismas no alcanzarán para juzgar el mal que se ha hecho. Un amigo poeta escribió hace tiempo: “el que ha visto los regresos del mar sabe la Isla, sabe de su rencor tranquilo, de su crueldad marítima”. El Cardenal Ortega sabe la Isla; aquí y allá deberíamos escucharlo; quiere evitar otro atolladero, el del camino más corto, el de la justicia rápida que entroniza a los déspotas y paraliza a los buenos, cuando comienzan a caer los inocentes. |