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El aborto en Cuba y el futuro democrático de los cubanos Adolfo J. Castañeda No hace mucho tiempo, el Dr. Rafael Cabrera, gineco-obstetra, gran líder pro-vida en Nicaragua y presidente de nuestra organización afiliada en ese país, me contó una anécdota muy significativa. Una joven doctora cubana visitó su consulta para conversar con él. El tema de la conversación fue el aborto en Cuba. La joven profesional se echó a llorar. Su corazón y su conciencia no aguantaban más el dolor de haber practicado el aborto bajo la presión del gobierno cubano. El Dr. Cabrera procedió a ayudarle a buscar la reconciliación con Dios, para Quien no hay pecado ni pecador, por grande que sea, que su Amor misericordioso no esté más que dispuesto a perdonar y sanar. El aborto es la peor catástrofe moral y humana del mundo actual. La propia ONU, una de las instituciones internacionales más abortistas que existe, confiesa que anualmente se practican alrededor de 50 millones de abortos anuales en el mundo. Lamentablemente en Cuba el aborto es legal y muy frecuente. Las cifras conservadoras nos indican que hay por lo menos tres abortos por cada nacimiento, sin contar los muchos abortos más que ocurren por el uso a gran escala de los anticonceptivos abortivos, entre ellos la píldora y el dispositivo intrauterino. Hasta ahora, los pocos reportajes que ha habido sobre el aborto en Cuba, se limitan a decir que las madres embarazadas recurren al mismo debido a la situación de carencia en la que viven. Sin soslayar para nada esta tenebrosa realidad, tenemos que subrayar una causa más profunda aún. Se trata del proceso de desmoralización que ha estado sufriendo el pueblo cubano desde hace 48 años. Ese proceso se origina no sólo en el sistema comunista como tal, sino más concretamente aún en la “educación” sexual hedonista que el gobierno cubano le ha impuesto al pueblo, sobre todo a los niños y a los jóvenes. El resultado ha sido que el aborto, tanto quirúrgico como farmacológico, se practica en Cuba en las cantidades pavorosas que ya hemos señalado. A nivel socio-económico, el aborto está acabando con la tasa de natalidad en Cuba. De hecho, Cuba tiene el índice de natalidad más bajo del hemisferio y uno de los más bajos del mundo, con sólo 1.64 hijos por mujer en edad fértil. Los demógrafos son unánimes en afirmar que para que un país reponga su población, necesita por lo menos una tasa de 2.4. Esta natalidad tan baja hace que Cuba sea también unos de los países más envejecientes de este hemisferio y del mundo. Ello empeora la ya muy difícil situación social y económica de los ancianos cubanos. Además, no hay que ser un experto para darse cuenta de que esta situación de anti-natalismo está disminuyendo cada vez más la proporción entre la fuerza laboral y la ciudadanía jubilada, con un consecuente empeoramiento de la ya deteriorada economía cubana. La situación del aborto en Cuba plantea una cuestión de suprema importancia para el futuro democrático de los cubanos. ¿Qué clase de democracia queremos para Cuba? Hoy en día se piensa, erróneamente, que la democracia requiere una ética relativista. Se confunde el respeto a la legítima libertad y a una auténtica tolerancia con la ausencia de principios morales absolutos y objetivos, que son vinculantes para todos. Olvidamos que no puede haber verdadera democracia ni derechos humanos, si ambos no se fundan en una concepción de la dignidad objetiva y absoluta de todos los seres humanos, incluyendo los no nacidos. La dignidad de la persona humana es su valor intrínseco y absoluto, no importando, entre otras cosas, el color de su piel, su sexo, su religión, estado económico, o si en estos momentos se encuentra dentro o fuera del útero de su madre. No es la democracia la que determina el derecho a la vida, es el derecho a la vida el que hace posible la democracia. Los derechos a la vida y a la libertad, por mencionar sólo dos derechos fundamentales, son anteriores a la democracia; más aún: son su fundamento y su razón de ser. El derecho a la vida no es el más elevado de todos los derechos, pero sí es el más fundamental, la base y condición de todos los demás. Para decirlo de forma más sencilla: no sólo para votar hay que estar vivo primero, sino que también, si usted está muerto, perdió todos sus derechos en esta vida, excepto a que lo entierren dignamente. Sorprendentemente, en el ámbito político-democrático, se escuchan muy pocas voces, tanto en Cuba como en el exilio, que enfaticen la importancia del respeto a la vida para el futuro democrático de los cubanos. El discurso se centra casi unilateralmente en las libertades individuales. Por supuesto que tiene que haber verdadera libertad. Pero no habrá verdadera libertad, y por tanto, verdadera democracia, si no hay respeto a la vida primero.
Adolfo J. Castañeda es director de programas educativos de Vida Humana Internacional, una organización católica misionera que se dedica a la defensa de la vida y la familia en todo el mundo hispano. Para obtener más información sobre éste y otros temas pro-vida, consulte http://www.vidahumana.org/, o llame al (305) 260-0525. |