Ante la estatua de Juan Pablo II el Grande
en San Isidoro de Holguín

Ghabriel Pérez
Holguín

El universo cristiano holguinero tiene un significado muy peculiar para Cuba y América. Por Bariay, en 1492, entró Cristóbal Colón con la cruz. Y en Antilla, en la Bahía de Nipe, alrededor de 1606, se produjo el hallazgo de la imagen de la Virgen de la Caridad del Cobre, venerada hoy como Patrona de Cuba. La escalinata más elevada para ascender a un altar en toda la Isla se halla también en la capital holguinense, en la conocida Loma de la Cruz, de 458 escalones. Cada 3 de mayo, día en que Santa Elena halló las cruces del Calvario, las Romerías (el más populoso evento cultural), lleva allí una peregrinación sin precedentes: la Iglesia sube en la madrugada hasta su Santa Cruz.

El domingo 26 de junio de 2005, como culminación del Primer Congreso Eucarístico de la Diócesis, fue develada en un atrio de la Catedral de San Isidoro una estatua en honor a Juan Pablo II (primera de su tipo en el mundo después de la muerte del Santo Padre; según algunas fuentes, en vida le fueron erigidas una en México y otra en Alemania).

Esa mañana tocaron las campanas y en presencia del Cardenal Jaime Ortega Alamino, junto con los Arzobispos Juan García y Pedro Meurice, y todos los obispos de Cuba, Mons. Héctor Luis Peña quitó el blanco manto que dejó ver la obra inspirada en las manos de los artistas Henry Wilson y Héctor Carrillo.

Todavía hay almas que no entienden que el espíritu católico rinda homenaje a las imágenes de los santos y mártires que misionaron en nombre del Cristo, por el que tantos han estado dispuestos a sangrar. No entienden que siglos atrás, cuando no existían los libros, eran las imágenes las encargadas de ilustrar el Vía Crucis, la vida y la muerte descritas en los Evangelios…

Al pueblo de Israel se le dijo: “No te inclinarás ante dioses ajenos”… Las imágenes de los templos católicos representan a la familia cristiana (no son ajenas, como las de aquel pueblo antiguo que adoraba a un becerro de oro), desde María Madre, la más venerable entre todas las mujeres, hasta este hombre que aquí en Holguín recuerda, en una efigie bronceada, la sonrisa de un justo que en vida ya era santo y aclamado por todos los hombres de voluntad altruista.

Ahora es más famosa la esquina formada por las calles Aricochea y Libertad. Juan Pablo II, con un báculo que en vida llevó orientando los caminos y nunca con la soberbia de los poderosos, convoca desde Holguín a la Luz.

Ojalá las presentes y las posteriores generaciones de holguineros que a diario transitan por este sitio, se inspiren en el legado de Juan Pablo II el Grande y digan: “Seremos como usted, mensajero de paz que llevó a tantos rincones de la tierra la doctrina evangélica de amarás a tu prójimo como a ti mismo”.

Sea este histórico monumento, en una tierra rica en tradiciones cristianas, un homenaje a la paz, a la reconciliación entre los hombres, especialmente entre todos los cubanos.

Holguín, tanto o más que cualquier otra ciudad de Cuba, debe tener presente, en cada toque de campana, el lema “No tengan miedo en recibir a Cristo”, que difundió por toda la isla Juan Pablo en aquella hermosa mañana habanera del 25 de enero de 1998 en que, gracias a él, vimos la imagen del Sagrado Corazón en una plaza donde anteriormente, y por tanto tiempo, sólo hubo imágenes de personajes históricos y políticos.

Sea este tributo nuestro agradecimiento al hombre puro que tantas veces se arrodilló ante Dios y ante los pueblos pidiendo perdón, humildemente perdón, ante las faltas cometidas por los hombres de su Iglesia repartida en los cinco continentes.