Esta gente que llega… Hijos de un mismo Dios

Eduardo Mesa

Por las mañanas me acompaña la radio, no soy asiduo a ninguna emisora, voy buscando en el dial casi siempre noticias, así encontré que hablaban sobre un señor que estudió medicina y ahora canta. Resulta que este señor le deseó salud y larga vida a Fidel Castro, provocando una catarata de reacciones en los medios de comunicación. Hasta ahí nada nuevo, las opiniones que escuché expresaban una razonable irritación con el personaje, reprochándole esa frivolidad que suele acompañar a los oportunismos de cualquier especie; como les dije antes, nada nuevo en la ínsula.

No obstante escuché criterios que me sorprendieron, porque al enjuiciar la actitud del cantante enjuiciaban a todos los cubanos que viven en la Isla y especialmente a los recién llegados. Entre todas, hubo una llamada que me ensombreció el día, era la voz joven de una mujer que se expresaba con claridad y corrección. Ella, en síntesis, afirmaba “que los que están allá son comunistas, que los que nacen allá son comunistas porque se criaron en ese sistema y por tanto ese sistema les gusta”. El moderador, después de intercambiar con ella algunas ideas, no logró que la joven matizara ninguna de sus afirmaciones: con la elegancia propia de las personas bien educadas, ella sostuvo sus opiniones sin perder el control.

Pasé toda la tarde haciendo un inventario de rostros y recuerdos. ¿Cuantos de mis amigos fueron comunistas alguna vez? Sólo recuerdo a dos, uno se deshizo muy pronto de El Capital, el otro es ahora oficial del Ministerio del Interior y al cabo de los años le tocó hacer de policía bueno en un remedo de interrogatorio.

No, si reviso los rostros, si palpo los recuerdos no hay nadie más que califique.

Es triste escuchar a personas así, personas como esta joven, que habiendo recibido todos los beneficios de la democracia no les tiembla la voz a la hora de etiquetar a otros seres humanos de forma tan categórica. Algo falla cuando dejamos que el dolor gobierne nuestras vidas, es cierto que son muy diferentes las vivencias de quien llegó hace cuarenta años y los que hemos llegado en los últimos tiempos, y en la valoración de esas diferencias pudiéramos emplear muchas cuartillas que no nos conducirían necesariamente a un mayor entendimiento. De nada vale que comuniquemos nuestras experiencias si no hay una mínima voluntad de escuchar, de acoger las vivencias del otro aunque sea un instante.

Hay mucho dolor a ambos lados del mar: hemos padecido durante mucho tiempo un régimen que desconoce y margina sistemáticamente la dignidad de las personas, un régimen que se regocija cuando caemos en la tentación de excluir o injuriar al otro, tomando un camino que termina por acercarnos a lo que tanto aborrecemos.

Nacer antes o después, aquí o allá, sólo es un accidente, un día, una estación que no escogemos. Es cierto que son muchas las diferencias, pero no tantas como para olvidar que somos hijos de un mismo Dios, que tenemos una Patria, una Historia común. Esta gente que llega es nuestra gente, la responsabilidad por este tiempo largo y oscuro es de todos, no es justo que recaiga sólo sobre los que llegan o, peor aún, sobre los que allá permanecen.

Ojalá que algún día podamos mirar con misericordia a los que nos han hecho tanto daño. Ojalá que algún día no muy lejano, contradiciendo a Borges, bien podamos decir: hoy nos une el amor y no el espanto.