Misa-Encuentro reúne a sacerdotes
y laicos en la Ermita de la Caridad

Miami, 21 de septiembre de 2006

Homilía de Su Excelencia John C. Favalora, Arzobispo de Miami

Yo quiero misericordia y no sacrificios.
Yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores.

El Arzobispo John C. Favalora con los Obispos Mons. Felipe J. Estévez y Mons. Agustín A. Román, de Miami, y Mons. Dionisio García, de Bayamo, Cuba, en la Misa concelebrada el jueves 21 de septiembre, en la Ermita de la Caridad, por la clausura del Encuentro de Iglesia a Iglesia.
Gustavo Andújar

Estas palabras las pronunció Jesús cuando le dijo a Mateo, el cobrador de impuestos, que lo siguiera. Jesús estaba comiendo en la casa de Mateo con cobradores de impuestos y pecadores de mala fama. Los fariseos no podían creer que Jesús estuviera con tales personas, pero Él les explicó su misión: “Yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores”.

El primer movimiento en la vida espiritual es el de reconocerse uno mismo como pecador, porque así es como Dios nos ve. Él nos ve tal y como somos cada uno de nosotros, pecadores necesitados de su misericordia. Si no nos vemos a nosotros mismos como pecadores que continuamente necesitamos la salvación, entonces no entendemos el significado de la Redención de Cristo.

Al igual que los fariseos, es más fácil ver a los demás como pecadores, pero muy difícil reconocerlo en nosotros mismos. Es precisamente esa actitud farisaica la que divide a las personas buenas. Mientras continuemos clasificándonos y categorizándonos unos a otros, la vida seguirá siendo una lucha de nosotros contra ellos, nuestra manera contra la de ellos. Estas actitudes no producen ningún fruto.

En toda relación humana es fundamental cómo nos vemos a nosotros mismos ante Dios y ante los demás. En su Carta a los Efesios que se lee en el día de hoy, San Pablo nos recuerda: “Lleven una vida digna del llamamiento que han recibido. Sean siempre humildes y amables”. La humildad es precisamente lo que les faltaba a los fariseos. Pablo dice: “Sopórtense mutuamente con amor; esfuércense en mantenerse unidos en el espíritu con el vínculo de la paz”. San Pablo continúa enumerando las diferentes formas de servicio que se necesitan para construir el Cuerpo de Cristo. Nadie es mejor que el otro. Un solo servicio no hace todo el trabajo de Cristo, ningún servicio lo hace mejor, dice Pablo, cada uno de nosotros sirve de acuerdo con la medida que Cristo nos ofrece. Espiritualmente, la única cosa que todos nosotros tenemos en común es que todos somos pecadores y que todos estamos llamados a la salvación en Cristo. Todo lo demás es distinto y en diferentes medidas.

Qué hermoso mensaje el del evangelio de hoy, para todos los aquí reunidos para el intercambio del clero y laicos de Cuba con nosotros en esta Fiesta de San Mateo. En toda celebración eucarística, comenzamos por admitir nuestros pecados antes de abrirnos nosotros mismos a la palabra sanadora de Dios. Antes de la comunión intercambiamos la paz que viene del Cristo Resucitado y es entonces cuando nos atrevemos a recibir el Cuerpo y la Copa del Señor. ¿Por qué? Porque en la Eucaristía no existen el “nosotros” y el “ellos”, ni la Iglesia en Cuba y la Iglesia en la diáspora. Todos somos uno en Cristo.

Tal y como en la Misa, toda buena discusión debe comenzar con el respeto mutuo y la mutua aceptación en la igualdad. Ninguno de ustedes tiene todas las respuestas; ninguno de ustedes conoce cuál es la mejor y la única manera de enfrentar todos los retos que se le presentan a la misión de la Iglesia y la realidad cubana. Lo único que ustedes comparten es que todos son pecadores en busca de la salvación en Cristo. Esa verdad en común puede dispersar todas las actitudes de autosuficiencia, y establecer la base para honrar y glorificar a “un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre de todos, que reina sobre todos, actúa a través de todos y vive en todos”.