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Tras la primera Misa del P. Robert Ayala
Sammy Díaz
Hace unos días, el sábado 6 de mayo, en mi parroquia de San Benito, a las seis de la tarde, celebraba su primera Misa el P. Robert Ayala, que había sido ordenado esa mañana en la Catedral St. Mary, en Miami, por el Arzobispo John Clement Favarola. De los cinco sacerdotes recientemente ordenados, él es el único nacido en Estados Unidos de padres cubanos, y se crió en Hialeah, la ciudad con más hispanos de la Florida. De los otros cuatro, uno nació en Italia y tres en Haití. Durante la Misa recordaba cuando lo conocí, siendo un adolescente al que llamaban “Robertico”, que venía al grupo juvenil de la parroquia de San Benito. En aquellos tiempos Conchita y yo éramos los asesores de ese grupo. No podía quitarme de la mente los recuerdos de lo difícil que es trabajar con un grupo de adolescentes. Me preguntaba cómo lo habíamos podido hacer; cómo el Señor nos había guiado, y ahora teníamos la alegría de que uno de ese grupo fuera sacerdote. Los grupos juveniles son una parte importante de la iglesia, más importante de lo que nos imaginamos. Donde vienen jóvenes que provenían de hogares muy distintos, cuyos sus padres quizás no asistían a la Iglesia, o no tenían comunicación con ellos; donde quizás había situaciones disfuncionales. Los jóvenes vienen al grupo para hablar de su realidad y abrirse camino a su futuro. He tratado de recordar a Robert en aquellos tiempos y me vienen a la memoria dos características importantes. Una es que caía bien; no recuerdo a nadie criticándolo, especialmente las muchachas, ya que era muy popular entre ellas. Entre cubanos “caer bien” es muy importante. La segunda característica era su responsabilidad. A Robert se le podía asignar un trabajo y él lo cumplía. En lo demás era como otro cualquiera, con las dudas que los adolescentes tienen, con esa mezcla maravillosa de ser niños y adultos a la misma vez. En poco tiempo se empezó a desarrollar como líder y su espiritualidad empezó a tener sentido. Pasó a ser dirigente de Encuentros, y yo dejé el grupo. Pero lo fui viendo a través de los años en el seminario y en la parroquia, notando cómo, ya un hombre, crecía y se convertía en un sacerdote. Siempre nos saludábamos con un abrazo. Para muchos de nosotros es un sacerdote cubano. Su padre y su madre son cubanos, pero él, su hermana y su hermano, son nacidos aquí. ¿Cómo se siente él? Pues, como muchos jóvenes de Miami, parte de ambas culturas. Durante la Misa veía a los muchos sacerdotes que vinieron a concelebrar con él, y había entre ellos nacidos en Cuba y otros nacidos aquí de padres cubanos, pero todos ordenados aquí. Uno de ellos, el P. José Espino, nacido en Cuba y vocación de esta parroquia también, ordenado hace 23 años, hace unos pocos años regresó a Cuba, donde sirvió cinco años como misionero en Guantánamo. La primera Misa del Padre Ayala estuvo llena de emociones, para su familia y para toda la parroquia. Para mí fue un momento de alegría y de gracia: de alegría por ver a un nuevo sacerdote de los nuestros, y de gracia porque el Señor me dejó ver que, cuando uno se deja llevar por Él, puede ver los frutos. Al final de la Misa, en la sacristía, tuve el honor de darle un abrazo al Padre Ayala. |