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Fiesta del Papa 2006: Saludo durante la Recepción Queridos amigos: Gracias por su presencia, signo de estima y cercanía a esta Casa del Papa que, con profunda alegría, celebra hoy su “Fiesta nacional”, en el primer Aniversario del Pontificado de Benedicto XVI. También en nombre de todo el personal de esta Nunciatura Apostólica y de mi más cercano colaborador, Mons. Antoine Camilleri, les saludo fraternamente, a todos ustedes, en particular a las distinguidas Autoridades cubanas; a los estimados Colegas del Cuerpo Diplomático, Consular y de las Organizaciones Internacionales; a los Obispos de Cuba, con la grata presencia de Mons. Juan García, Presidente de la Conferencia Episcopal, venido expresamente desde Camagüey, y del Cardenal Jaime Ortega, que tal vez -–aunque la cosa permanezca en secreto– contribuyó con su voto a la elección de Benedicto XVI; a los hermanos de otras confesiones cristianas y religiosas; a los queridos sacerdotes, religiosos, religiosas y diáconos; a los amigos del mundo de la cultura, del arte, de la prensa… a todos ustedes –repito–, queridos amigos aquí presentes, les doy un caluroso saludo. ¡Cuán rápidamente pasa el tiempo! Ya ha transcurrido un año desde aquella tarde del 19 de abril del 2005, cuando el recién elegido papa se presentó desde el balcón de la Basílica de San Pedro como “un simple y humilde trabajador de la viña del Señor”. Tal vez también por esto eligió el nombre de San Benito –Benedictus– el santo del ora et labora (orar y trabajar), que concibió la vida del monje como sabiamente repartida justamente entre la oración y el trabajo. A lo largo de este año han impactado algunas características del intenso orar y trabajar de Benedicto XVI. Entre ellas la serenidad, calma y tiempo con los que ha asumido su misión. No ha tenido prisa, ni ha mostrado interés por grandes signos o declaraciones. Este año realizó sólo dos viajes: a Colonia, en Alemania, para la Jornada Mundial de la Juventud, y a Bari, en Italia, para la clausura del Congreso Eucarístico Nacional. Aparte de la creación de 15 nuevos cardenales, no ha hecho nombramientos –de aquellos que sorprenden a la gente y alimentan las especulaciones de la prensa. Es un hombre libre y sereno que mira a lo lejos y, porque ama las cosas sencillas, subraya lo esencial. Lo esencial lo ha indicado con su primera encíclica, Deus Caritas Est (“Dios es Amor”): palabras que expresan con singular claridad la imagen cristiana de Dios, la consiguiente imagen del hombre criatura de Dios, y la misión que tiene la Iglesia, fundada por Cristo, de vivir y anunciar que Dios es Amor. De la verdad de que Dios es Amor brota y se nutre –según Benedicto XVI– la “Revolución de Dios”. Sí, el Dios cristiano, quien nos ha mostrado su rostro en Cristo Jesús, entregado a la muerte por nosotros y resucitado, hace su revolución. Es la revolución del amor. Benedicto XVI lo afirmó con franqueza, el pasado agosto, hablando a los jóvenes de todo el mundo reunidos en Colonia: “Sólo de Dios proviene la verdadera revolución, el cambio decisivo del mundo. (…) No son las ideologías las que salvan el mundo, sino sólo dirigir la mirada al Dios viviente, que es nuestro creador, el garante de nuestra libertad, el garante de lo que es realmente bueno y auténtico. La revolución verdadera consiste únicamente en mirar a Dios, que es la medida de lo que es justo y, al mismo tiempo, es el amor eterno. Y ¿qué puede salvarnos sino el amor?”. Esta misma verdad, bajo otro aspecto, el Papa la había proclamado frente a doscientas mil personas, en la Plaza de San Pedro, el día inaugural de su pontificado: “No es el poder lo que redime, sino el Amor. Éste es el distintivo de Dios: Él mismo es Amor. ¡Cuántas veces desearíamos que Dios se mostrara más fuerte! Que actuara duramente, derrotara el mal y creara un mundo mejor… Nosotros sufrimos por la paciencia de Dios. Y, no obstante, todos necesitamos Su paciencia… El mundo es redimido por la paciencia de Dios y destruido por la impaciencia de los hombres”. Se ha dicho, con razón, que “el mundo es demasiado desagradable para ser aceptado, si no se ama”. Benedicto XVI indica en el Evangelio de la paciencia y del Amor de Dios un potente factor de transformación de la historia, capaz de identificar y proponer las necesarias referencias éticas para enfrentar y resolver los grandes problemas de la comunidad humana. Aquí en Cuba, la Iglesia Católica se siente en plena sintonía con el camino que Benedicto XVI está trazando. Es precisamente recorriendo este camino que la Iglesia, en el desarrollo de su específica misión, quiere ofrecer su propia contribución de pensamiento y de acción a la edificación del bien común de la Patria. Lo continúa haciendo, en respetuoso diálogo con las Autoridades del Estado. Ha habido resultados positivos y esperamos que otros también llegarán. La meta es compartida: la de un mundo mejor, que solamente juntos, conjugando las distintas aportaciones de cada uno, se puede verdaderamente alcanzar. Queridos amigos: es primavera. Una primavera no sólo meteorológica sino también del espíritu. Un tiempo para mirar con confianza al futuro. Benedicto XVI es un papa de primavera, para la Iglesia y para el mundo. ¡Viva el Papa! Y, en su nombre, paz y abundantes bendiciones sobre todos ustedes y sobre Cuba. Gracias.
Mons. Luiggi Bonazzi |